FERIAS


Durante la Edad Media, las reuniones ciudadanas con carácter comercial eran de tres tipos: el mercado diario, el semanal y el anual o feria propiamente dicha. Las ferias, pues, eran mercados anuales que duraban varios días, y que venían a coincidir con alguna festividad religiosa de relieve. Tenían mayor proyección territorial que los mercados diarios o semanales, y se caracterizaban por su gran animación y por la presencia en ellas de mercaderes y productos originarios de muy diversos lugares. La primera feria documentada data de 1116, en Aragón, concedida por Alfonso I, y a partir de los años centrales de ese siglo XII se multiplicaron por todo el territorio cristiano.


 

LAS FERIAS DEL FUERO

El Fuero madrileño de 1202 da testimonio en sus rúbricas 42º y 43º de la existencia en la villa de dos ferias, una en Cuaresma y otra durante el mes de julio, periodo éste último que venía a coincidir con la recolección de cosechas en el sur de Castilla.

XLII.- Ferias de la Cuaresma. "Acerca de las ferias, permanezcan siempre conforme a fuero; nadie tome prendas en la Cuaresma, y quien algo hubiera de dar y no lo efectuase hasta Lázaro (domingo de Pasión), preste testimonio y dóblesele por Pascua, excepto si fuese una heredad".

XLIII.- De las ferias de agosto. "Cualquier hombre que cosechase trigo, no responda a la querella de su contendiente, ni éste a aquél; sin embargo, los hombres que trigo no recolectasen respondan unos a otros. Estas fiestas celébrense desde el primer día de junio hasta el primero de agosto".

Con posterioridad a este documento desaparecen las menciones, y puede sospecharse que ambas ferias madrileñas dejaron de celebrarse en un momento todavía indeterminado.


 

JUAN II: FRANQUEZA Y DEROGACIÓN

En 1445, el rey castellano donó a don Luis de la Cerda las aldeas madrileñas de Cubas y Griñón. La villa se opuso a la enajenación y entonces Juan II, para ganarse su voluntad, hizo merced a Madrid de dos ferias anuales con franqueza de alcabalas y pechos en ambas, con lo que se recuperaban las desaparecidas ferias del siglo XIII. El documento se firmó en Valladolid el 18 de abril de 1447:

"(...) en hemienda e satisfación de los lugares de grinnón e cubas que heran de la dicha villa, de que yo fize merced dellos a Luys de la cerda mi criado e mi oficial (...), e porque la dicha villa sea más ennoblescida e mejor poblada (...), mi merced e voluntad es que agora e de aquí adelante para sienpre jamás sean francas dos ferias que de mí tenedes en cada vn anno de quinze días cada vna dellas, en tal manera que todas e quales quier personas vezinos e moradores dela dicha villa e de otras quales quier partes (...) non paguen alcauala de todas las cosas que en la dicha villa conpraren e vendieren e trocaren (...), saluo delas rentas del pan en grano".

Madrid, durante esta época, era especialmente sensible a la defensa de su integridad territorial, pues de ella dependía el abastecimiento y la prosperidad de sus moradores. En consecuencia, no depuso su resistencia a la donación de sus dos aldeas, y la represalia real no se hizo esperar. Juan II, poco más de dos años después (20 de junio de 1449, desde Escalona), revocó la merced anterior y derogó las dos ferias concedidas:

"(...) la qual dicha merced (de las ferias francas) yo les oue fecho porque ellos diesen su consentimiento a la merced que yo fize a Luis de la cerda (...), et porque commo quier que la dicha villa ha gozado fasta aquí de la dicha merced (...) delas dichas ferias con la dicha franqueza, (y) nunca ha dado (...) el dicho consentimiento a la dicha nmerced que fize (...) al dicho Luis de la cerda (...), es mi merced de rrevocar e por la presente rrevoco e do por ninguna (...) la dicha merced (...) delas dichas ferias (...), e mando que agora nin de aquí adelante non aya feria nin ferias algunas en la dicha villa nin franqueza (...). E (...) que ningunos nin algunos de mis súbditos e naturales non vayan nin enbíen a las dichas ferias con mercadurías nin cosas algunas, pues mi merced es que non aya las dichas ferias en la dicha villa".


 

LOS REYES CATÓLICOS: NUEVA CONCESIÓN

Tras la derogación de Juan II, fueron los Reyes Católicos quienes de nuevo autorizaron a Madrid celebrar dos ferias francas anuales, de quince días de duración cada una. La concesión hubo de ocurrir antes de 1484, pues en este año ya se envían numerosos mensajes a otras localidades, con la intención de darlas a conocer: "Otorgaron cartas (...) para las cibdades e villas del rreyno que fuere necesario, haziéndoles saber de la merced que esta Villa tiene de las dos ferias francas e de qué cosas son"; "Otorgaron carta mensajera para Pedro González, en Medina, sobre la franqueza de las ferias questa Villa tiene, para que lo platique con los mercaderes principales que ay uviere, para que vengan aquí y les ofrezca de parte desta Villa buenas posadas por sus dineros y que serán bien tratados y honrrados".

Una de las dificultades con las que tropezaron estas dos ferias madrileñas -la segunda de las cuales se celebraba en octubre- fue que coincidían en el tiempo con las ferias de otras ciudades, lo cual disminuía la afluencia potencial de mercaderes y compradores. Para soslayar el problema, los regidores solicitaron en 1491 a los monarcas que, "porque en el tienpo destas ferias ay otras que son de Valladolid e otras ferias, que las manden mudar porque esta Villa sea ennoblecida y sus rentas ganen y sean aprovechadas". En ese mismo sentido, once años después el Concejo se puso en contacto con mercaderes de todo el reino; por el tenor del documento, parece que el cambio de fechas ya había tenido lugar o estaba a punto de suceder: "Otorgaron carta para el comendador Ludeña para que hable de parte desta Villa con los mercaderes de Burgos e Toledo e Valladolid e Segovia e Córdoba e Cuenca e que, para cada una destas cibdades, sescriva una carta quándo se mudarán las ferias desta Villa para que lo que se concertare con ellos se asiente acá". Al menos una de las dos ferias, la que se celebraba en octubre, se adelantó unos días, pues un documento de 1512 ya habla de "los quinze días de feria, que comienza desde diez de setienbre".

Es de suponer que en ambas ferias se vendieran productos muy diversos, pero parece que una de las mercaderías que más abundaba eran los ganados: es de 1498 la mención en que se alude a que "en esta Villa ay dos ferias en cada año a donde en cada una dellas vienen ganados ovejunos e cabrunos a se vender y asimismo por los tienpos de la Pascua florida vienen ganados al rastro". No hay referencias documentales que lo atestigüen -sólo una vaga mención a que las tiendas se sacaban "a la plaza"-, pero presumimos que estas ferias se celebraban en la plaza del Arrabal, pues era el espacio libre más amplio y dispuesto que existía en la villa.

Por otra parte, aunque el Concejo dictó en 1503 una ordenanza que prohibía abrir tiendas y tabernas en los días festivos, ésta quedaba en suspenso durante los días que duraban las ferias: "Acordóse (...) que porque los que tienen tiendas de todos oficios sacan e abren sus tiendas los días de Pascua e domingos e días de Nuestra Señora, lo qual parece mal que no se onrre las fiestas que la Santa Madre Iglesia manda guardar, que mandavan (...) que, de aquí adelante, ninguna persona de los que tiene las dichas tiendas, no las abran ni tengan abiertas los dichos días de fiestas suso dichas, salvo si las tales fiestas cayeren en tienpo de las ferias questa Villa tiene o de día de mercado, questos días tales (...) que las puedan abrir (...), y esto mismo mandaron que se entienda (...) a los taverneros".

En 1517, una provisión de Doña Juana y Don Carlos extinguió el oficio de aposentador de ferias, que durante los últimos años había detentado en la villa Pedro García de Villanueva. En virtud de él, Pedro García cobraba una tasa sobre todos los productos que se comerciaban en la feria, lo cual había motivado grandes quejas no sólo de los mercaderes que acudían a Madrid, sino también del propio Concejo, pues "so color de ciertos derechos que con el dicho oficio diz que tenían las personas cuyo hera", se cobraban "muchos coechos e derechos demasiados (...), por manera que por las dichas causas los mercaderes e otras personas de fuera parte dexavan de venir a las dichas ferias (...), e los otros vezinos (...) dexavan de contratar e sacar sus tiendas e mercaderías a la plaza, de que a nos seguían mucho deservicio e demynuyción a nuestras rentas, e a nuestros súbditos e naturales mucho daño e agravio". En consecuencia, los monarcas decidieron "quel dicho oficio de aposentador de las ferias de la villa de Madrid se consuma e por esta dicha mi carta le consumimos e avemos por consumido para agora e para siempre jamás".


 

MERCADOS

EL MERCADO PERMANENTE

Durante los siglos inmediatamente posteriores a la entrada de Alfonso VI, Madrid, al igual que casi todas las demás ciudades y villas españolas, tuvo un pequeño mercado diario y permanente, para el trasiego comercial interno de sus pobladores, al cual se alude en dos ocasiones en el viejo Fuero de 1202. Siglo y medio después, en 1350, encontramos ya una mención mucho más explícita sobre el comercio interior madrileño. Se trata de un privilegio rodado de Pedro I, que concede a su ayo Martín Fernández el portazgo -derecho real que gravaba el tránsito de mercancías y su venta en el mercado- de la villa: en él se alude a "la tyenda de la harina e las huertas que llaman de Alvega, e las tablas que yo hé en las carnecerías del dicho lugar e las tiendas de los cordoneros e alatares que venden especias e papel e otras cosas, e las tiendas de los buñuelos".

En la década de 1460 quedaron trazadas las líneas maestras de los dos espacios urbanos en los que se realizaría la mayor parte del comercio madrileño: la plaza de la San Salvador, dentro de muros, y la del Arrabal, fuera de ellos. También se celebró en ambas, durante ciertos periodos, el mercado franco semanal, pero las instalaciones comerciales estables que en ellas se construyeron les permitieron ser el foco principal del comercio diario que se realizaba en la villa. El resto de los establecimientos comerciales permanentes se encontraba más disperso: hubo también tiendas, aisladas o en agrupaciones de mayor o menor entidad, en el Pozacho, en el arrabal de San Ginés, en Santiago, en la puerta de Valnadú y en la puerta de Guadalajara.


 

LOS MERCADOS SEMANALES

Además del mercado diario, es presumible que desde esos primeros siglos también se celebrara otro de periodicidad semanal, al que acudirían los campesinos del alfoz madrileño para vender sus productos y comprar los elaborados por los artesanos de la villa. Presumiblemente, este mercado se llevaría a cabo en las inmediaciones de las puertas del recinto murado o en alguna de sus plazas.

Enrique IV, en 1463, concede un mercado franco a la villa, que habría de celebrarse los martes en el Campo del Rey. En 1465, a causa de los alborotos generalizados que están azotando el reino, el monarca traslada este mercado a la plaza del Arrabal, fuera de muros, para controlar mejor la entrada de gentes en el recinto fortificado. En 1469 vuelve a reintegrarlo al interior de la villa y lo ubica en la plaza de San Salvador; el día de celebración se muda al jueves.

Durante el reinado de los Reyes Católicos el mercado semanal continúa realizándose los jueves, pero las disputas entre los vecinos de la villa y los de los arrabales tienen por consecuencia la alternancia en los lugares de celebración: los monarcas ordenan en 1484 "que de quatro mercados que se hazen en cada mes, quel uno sea en Villa e los tres en el arraval".

Al igual que sucedía con las ferias, también los mercados semanales de los lugares comarcanos -básicamente aquéllos situados dentro de un radio de cuatro leguas- suponen una peligrosa competencia para la prosperidad de los que se celebraban en Madrid. En 1504, por ejemplo, los regidores "otorgaron (...) petición para sus Altezas sobrel daño que rescibe esta Villa del mercado quel jueves se haze en Alcalá".

Y, como reverso de la misma moneda, los lugares del entorno se sienten en ocasiones igualmente perjudicados por los mercados semanales que se llevan a cabo en la villa. Cuando Carlos I concedió a Madrid, en 1523, un mercado franco los miércoles, don Juan Arias Dávila, conde de Puñonrostro y señor de Torrejón de Velasco, alzó sus quejas por la coincidencia de este día de celebración con el del mercado ya existente en Torrejón. La única solución que encontró el monarca fue limitar la franqueza del mercado a los mercaderes y compradores que vinieran de una distancia superior a cinco leguas, minimizando así el perjuicio que pudiera sufrir el mercado de Torrejón: "(...) nuestra merced y voluntad es (...) que (...) se haga en la dicha Villa un mercado el día de miércoles de cada semana el qual sea franco de alcavala de todas las mercadurías y mantenimientos (...), con tanto que no gozen desta dicha franqueza los vezinos y moradores de la dicha Villa (...) ni los estrangeros estantes en ella (...) ni los que bivieren y moraren en qualesquier villas e lugares que sean dentro de cinco leguas de la dicha Villa".


 

MERCADO DEL CAMPO DEL REY

En 1463, Enrique IV concedió a la villa un mercado franco semanal, que se habría de celebrar los martes en la actual plaza de la Armería: "(...) es mi merced que de aquí adelante para sienpre jamás sea franco e libre e quito de alcaualas (...). El qual dicho mercado es mi merced e mando que se faga e guarde cada selmana (...) en la mi plaza questá delante los mis alcázares de la dicha Villa (...). E es mi merced e mando que (...) se haga el día del martes e non otro día". Apenas dos años después, este mercado sería trasladado a la plaza del Arrabal.


 

MERCADO DE LA PLAZA DEL ARRABAL

La localización del mercado franco de los martes en el Campo del Rey duró sólo dos años escasos. En 1465, los graves desórdenes que estaban sucediendo en el reino indujeron al monarca a ordenar el traslado de dicho mercado a la actual Plaza Mayor, extramurada, para evitar así la entrada incontrolada de forasteros en el recinto de la villa: "Et asymismo vos mando que en tanto que estos mouimientos ay en mis rreynos se faga el mercado en el arrabal porque la villa esté a mejor rrecabdo". Seguramente, este traslado coyuntural fue el hecho decisivo que conformó el que luego sería importante destino urbano de esta explanada, hasta ahora simple "laguna" o "plaza de fuera de la puerta de Guadalaxara". En muy poco tiempo, la plaza simultaneó sin ninguna dificultad el mercado franco de los martes con el mercado diario de los vecinos del arrabal.

En esta plaza se han documentado 3 tablas de aceite, 3 de carne (vaca y puerco), 4 de pescado (2 de cecial y 2 artesas) y 1 tabla de candelas; también, un horno, una bodega, la alhóndiga de los cueros, la red del pescado, una carnicería y varias fraguas. Y, finalmente, allí construyó Francisco Ramírez su casa de la harina.


 

MERCADO DE LA PLAZA DE SAN SALVADOR

En 1469, Enrique IV vuelve a trasladar dentro de muros el mercado semanal, mudando al jueves su día de celebración y ubicándolo en la actual Plaza de la Villa, cuyo ensanche y adecentamiento había ordenado en 1460: "Yten, por que más lugar ayan destar en la plaza e mercado de Sant Salvador (...) todas las cosas, se ensanche la dicha plaza por cordel como va comenzado (...), e fagades aportalar e fazer portales delante de las dichas tiendas (...) para que se pueble mejor (...) Yten, se señalen lugares en la dicha plaza, cada cosa por su parte, en un lugar los pescadores y en otro lugar los panaderos e en otro los hortelanos e asy todas las frutas e la zapatería e todas las otras cosas (...). Otrosí que ningún rregatón (...) non ponga tendejón, nin tienda, nin taverna, salvo en las dichas dos plazas (San Salvador y San Ginés, ésta para el mercado cotidiano del arrabal)".

Así, la plaza de San Salvador, además de acoger el mercado franco de los jueves, pasaba a convertirse en el principal foco de comercio permanente existente dentro de muros. Había en ella 1 tabla de aceite, 3 tablas de carne (puerco, vaca, carnero, cabrito y oveja), 4 artesas de pescado (2 de cecial y 2 de remojado), la red del pescado y una red de caza y cabritos. También se situaban allí las carnicerías (viejas y nuevas), la alhóndiga de los cueros, la alhóndiga del pan, la casa de la harina de Alonso Fernández de Madrid y el peso del Concejo.


 

OTROS PUNTOS DE VENTA

Puerta de Valnadú: En sus inmediaciones hubo carnicería y casa del pescado, además de 2 tablas de carne (vaca y carnero).

Puerta de Guadalajara: En ella estuvo la red del pescado y el peso del Concejo.

Puerta Cerrada: Junto a ella se situó la alhóndiga, la casa del peso de los costales y un grupo de fraguas.

San Ginés: En este arrabal hubo carnicería y pescadería, además de varias tablas de vaca y carnero y una de aceite. Durante una época fue el único lugar permitido para el abastecimiento de los arrabales: Enrique IV ordenó en 1470 "que todos los mantenimientos que (...) fueren menester para mantenimiento de los dichos arravales de la dicha Villa, se vendan en la plaza de Sant Ginés, donde yo les mandé poner carnecerías, e que qualesquier que lo vendieren en la plaza de la puerta de Guadalajara lo pierdan e le pongan a la vergüenza (...), e que qualquier del pueblo ge lo pueda tomar e acusar".

Santa Cruz: En las inmediaciones de la iglesia hubo carnicería y pescadería con sisa, para uso de pecheros.

Santo Domingo: Aquí se localizó la casa del peso de los costales y el pósito.

Pilares: La localización exacta es dudosa. Era punto de venta de ganado: "Otrosy, los dichos fieles han de rrequerir una vez cada mes los pilares desta Villa do venden las bestias y ver si están limpios y hazer a los nuestros porteros que los limpien dos vezes cada año, la vna en el mes de abril y la otra en el mes de setiembre (...), y quien fallare que hizo e echó en él cosa alguna porque sea menester de limpiar o porque sea dañosa a las bestias el agua que dende bevieren (...), hagan pagar la costa del alimpiar y más cien maravedís".