SIGLO XV

Coincidiendo con la subida al trono de Enrique III y Juan II, Madrid comenzó una notable recuperación. Hubo de sufrir nuevos desastres naturales (epidemias, pestes y diluvios), pero su importancia como villa castellana cercana a los monarcas y apreciada por ellos creció de forma evidente. Sólo durante el reinado de los dos reyes mencionados se convocaron en nuestro suelo cinco sesiones de Cortes, se recibió dos o tres veces a embajadores extranjeros y procuradores castellanos, se celebraron bodas reales, y la villa, en fin, se hizo digna de un protagonismo del que no había disfrutado durante los siglos anteriores.
 

ENRIQUE III el Doliente (r.1390-1406)

Madrid conoció a Enrique III inmediatamente después de la muerte de su padre Juan I. El nuevo monarca, de tan sólo once años de edad, viajó a la villa durante el invierno de 1390 acompañado por su hermano, el infante don Fernando, y por el duque de Benavente, el conde de Trastámara, el arzobispo de Santiago y otros muchos grandes señores. Una vez llegados, "esta leal Villa (...), al instante levantó estandartes en su nombre aclamándole Rey por sus plazas y calles, acción (...) importante en aquella ocasión, por no estar acabados los desasosiegos del Reino". Madrid tuvo a gala ser esta vez la primera población castellana que proclamó rey al pequeño Enrique.

Su padre, Juan I, había dispuesto en el testamento que mientras durase la minoría de edad del sucesor, el gobierno permaneciera en manos de un consejo de seis nobles (marqués de Villena, arzobispos de Toledo y de Santiago, maestre de Calatrava, conde de Niebla y don Juan Hurtado de Mendoza) asesorado por un grupo de procuradores de las ciudades. Varios nobles que no habían sido incluidos en el consejo de Juan I, sin embargo, instigaron y se confabularon, designando por su cuenta y riesgo un consejo paralelo de ocho magnates eclesiásticos y ocho procuradores de las ciudades. Éstas, de resultas de ello, quedaron divididas en dos bandos, partidarias unas de cumplir el testamento de Juan y decididas otras a gobernarse por el consejo paralelo.

El ambiente, pues, no podía ser más tenso en aquella temprana estancia de Enrique dentro de Madrid. Prueba de ello es el episodio que refieren los cronistas y que sitúan en el templo de San Martín. Estando reunidos allí muchos de los señores, irrumpieron en el lugar dos de los postergados en el testamento de Juan, el duque de Benavente y el conde de Trastámara, "acompañados de gente con cotas y espadas ceñidas, la qual dexaron en guarda de la iglesia, cercándola por todas partes". Buen número de los que se hallaban dentro (encabezados por el propio arzobispo de Toledo) hubieron de huir y fueron a pedir auxilio a otros lugares. La seguridad de Enrique se veía amenazada, por lo que las milicias reales ocuparon las calles, y, "para más seguridad de vnos y otros, pusieron las Puertas de la Villa en poder de caualleros fieles y seguros (madrileños todos ellos, aseguran las crónicas), porque no dexassen entrar por ellas a ninguna gente de guerra, ni ballesteros". El duque de Benavente, al fin, se vio en inferioridad de condiciones y tuvo que abandonar la intentona y poner rumbo a Móstoles.

CORTES DE 1391:

Aunque el peligro más inminente parecía haber pasado, lo inseguro de la situación obligó a Enrique (vecino todavía de nuestra villa) a convocar Cortes generales, que se celebraron en Madrid a principios de 1391. En ellas, para acabar con las rivalidades, se decidió que la regencia quedase en manos de los miembros del consejo nombrado por el difunto Juan I, a los que se sumarían el duque de Benavente, el conde de Trastámara y el maestre de Santiago. A todos ellos, además, acompañaron dentro de los muros madrileños numerosos embajadores, que "vinieron al Rey (...) a darle el pésame por la muerte de su padre y la norabuena de la sucesión en Castilla": el obispo de San Ponce (legado del Papa), el duque de Lancaster, los embajadores de Francia, Aragón y Navarra y otros.

En previsión de futuros altercados contra la corona, el 5 de mayo los miembros del Concejo de Madrid hicieron pleito homenaje "en las manos del dicho maestre de Santiago, de non acoger en esta dicha Villa a ninguna nin algunas personas, así perlados como rricos omnes e caualleros e escuderos e dueñas e donzellas poderosos (...), sin carta del dicho señor Rey (...), segund la ordenanza fecha en Cortes. E si lo así non fizieren, que cayesen por ello en caso de trayción". Enrique, en agradecimiento, prometió pagar todos los daños que se habían causado en la villa durante la estancia de la Corte, que ascendían a un total de cuarenta mil maravedís. El pago no terminó de hacerse efectivo hasta casi tres años después, tras algunas dificultades a las que no fue ajeno el propio monarca.

LEÓN V DE ARMENIA:

Hacia el final de estas Cortes llegó a Madrid la noticia del fallecimiento en Francia de León V, que suponía la extinción del señorío concedido por Juan I al rey armenio. Enrique no dudó en extender de inmediato (13 de abril de 1391) un privilegio eximiendo a la villa del pleito homenaje que había otorgado al monarca extranjero y devolviéndola, ya de forma definitiva, a la Corona de Castilla. Enrique, además, confirmó en ese mismo mes de abril todos "los preuillejos e cartas e sentencias e franquezas e libertades e gracias e mercedes e donaciones" que habían otorgado a Madrid los reyes anteriores, y mantuvo en seis el número de los regidores que componían su Concejo.

PERSECUCIÓN A LOS JUDÍOS:

Las Cortes aún no se habían disuelto y sus miembros se encontraban todavía en Madrid, cuando "en estos días llegaron a la cámara do el Consejo de los Señores e Caballeros e Procuradores estaba ayuntado los Judíos de la Corte del Rey que eran allí venidos de los más honrados del Regno (...), e dixéronles que avían avido cartas del aljama de la cibdad de Sevilla cómo un Arcediano de Écija en la Iglesia de Sevilla, que decían Don Ferrand Martínez, predicaba por plaza contra los Judíos, e que todo el pueblo estaba movido para ser contra ellos (...), e que les pedían por merced que quisiesen poner en ello algund remedio".

Ya desde muchos años atrás el pueblo castellano había puesto en cuarentena su pacífica convivencia con las comunidades hebreas, y había ido creciendo contra ellas un odio larvado que en estos momentos iba a estallar. Enrique envió cartas a las distintas ciudades ordenando que se apaciguasen los ánimos y esto puso un poco de cordura en los exaltados, pero la calma fue breve y engañosa. Casi de inmediato, los disturbios volvieron a desatarse, "ca las gentes estaban muy levantadas e non avían miedo de ninguno, e la cobdicia de robar (a) los Judíos crecía cada día (...); e perdiéronse por este levantamiento en este tiempo las aljamas de los Judíos de Sevilla, e Córdoba, e Burgos, e Toledo, e Logroño e otras muchas del Regno (...), e los que escaparon quedaron muy pobres, dando muy grandes dádivas a los Señores por ser guardados de tan grand tribulación".

El monarca, al ver cómo su voluntad de pacificación había sido ignorada, no supo -¿no quiso?- hacer otra cosa que abandonar Madrid precipitadamente y encerrarse entre los gruesos muros del alcázar segoviano. La cobardía que demostraron él y su numerosa cohorte de regentes tuvo como consecuencia que los judíos madrileños, a salvo hasta entonces gracias al amparo de la presencia del rey, se viesen inmersos, en cuanto él estuvo ausente, en el centro del torbellino. Un grupo de forajidos y malhechores, capitaneados por un tal Ruy Sánchez de Orozco, atacaron y asolaron la desguarnecida judería, cuya reciente cerca (levantada en 1388 por mandado del Concilio de Palencia) de bien poco sirvió para contenerlos. Unos optaron por convertirse a la fuerza al cristianismo y otros fueron asesinados o expulsados. Los saqueos, incendios y matanzas se sucedieron durante meses, bajo la mirada atónita de un Concejo incapaz de hacer valer su autoridad ante los desalmados. Cerca de un año anduvieron éstos sembrando el terror entre los judíos madrileños; tras acosar a éstos, no les importó lo más mínimo atemorizar también a los restantes vecinos.

De aquél trágico episodio se conserva la carta que el Concejo envió al rey, todavía escondido en Segovia, pidiéndole ayuda e instrucciones sobre lo que se debía hacer con los que ya estaban presos; en ella (julio de 1392) se relataba a Enrique "el destruymiento e muerte e rrobo que se fizo en los judíos de la aljama de la dicha Villa, e que fuese vuestra merced (...) de poner rremedio de justicia (...); los alcalldes de la dicha Villa fezieron e fazen pesquisa de cada día (...) e están algunos onbres en la dicha prisón e otros muchos foydos fuera de la dicha Villa, e fasta agora non los avedes enbiado mandar qué fagan sobresta rrazón". Del grupo de forajidos se había logrado atrapar al "dicho Vasco Mexía e otros onbres de los del pueblo menudo, e los dichos Ruy Sánchez e Lope de Vargas e Diego de Vargas e Ruy García e otros con ellos fuéronse de la Villa (...), teniendo el dicho Ruy Sánchez las llaues de la puerta de Valnadú desta dicha Villa, e dexó la puerta abierta e enbiónos las llaues con hun frayle. E agora (...) están en Barixa e en el Alameda (...), que son a legua e media e a dos leguas desta dicha Villa, e todos los más días vienen a tierra de Madrid e van a las heredades de los vezinos della, andando amenazando así a los alcalldes commo a los regidores, deziendo que si los tomasen fuera de la Villa que los matarán".

Enrique, sin implicarse demasiado, se limitó a indicar que lo mejor sería mantener a buen recaudo a los que ya estaban presos y detener a los demás malhechores, secuestrando luego sus bienes. El Concejo madrileño, abandonado así a su suerte, pudo poco a poco ir localizando y encarcelando a los forajidos. A consecuencia de la persecución y de la pobreza y condiciones extremas en que aquélla les había sumido, los judíos de la aljama madrileña se mostraron durante varios años insolventes para satisfacer las alcabalas y contribuciones colocadas sobre las rentas de su aljama.

CORTES DE 1393:

Muy poco tiempo después de este lamentable episodio, Enrique volvió a elegir a Madrid como como lugar para proclamar su mayoría de edad y tomar en sus manos la plena gobernación del reino. A tal efecto, las Cortes se reunieron en el invierno de 1393; con todos los procuradores de las ciudades presentes, Enrique "propuso (...) cómo por tener ya cumplidos los catorze años, quería gouernar sus Coronas, pues ya estaua fuera de tutoría". Aquéllos, conscientes de que, al fin, habían terminado los calamitosos años de las regencias y los consejos, no dudaron en acatar el deseo del rey, haciéndole la sola petición de que, a pesar de "los derechos acostumbrados del Reyno (que) se os otorgan, que podades tomar complidos los catorze años, que vos piden por merced que tengades con vos buenos Consejeros, assí Prelados commo Caualleros".

Y como inesperado colofón para nuestra villa, anfitriona orgullosa, las Cortes culminaron con la primera boda real que iba a tener lugar en Madrid. Enrique, "después de auer tomado el gouierno del Reyno, viéndose ya en edad de poderse casar legalmente, quiso hazerlo (...), y assí se celebraron en esta Villa las bodas del Rey don Enrique Tercero con la Reyna doña Catalina (de Lancaster, prima suya e hija del ya mencionado duque), y juntamente las del Infante don Fernando con la Condesa (de Alburquerque) doña Leonor (...), con la demonstración de fiestas y regocijos que a casamientos de tan grandes Príncipes pertenecía".

Enrique premió el acogimiento manteniendo la exención de pechar para los caballeros madrileños, sus viudas y sus huérfanos, con la intención de que no emigrasen a otros lugares y contribuyesen, quedándose, a frenar la despoblación que la villa había sufrido en las últimas décadas. Con el tiempo, dicen los cronistas, llegó Madrid a tomar bastante apego a su nueva reina Catalina, a la que se recuerda "alta de cuerpo, mucho gruesa, blanca é colorada é rubia".

Sin embargo, la fatalidad, una vez más, volvió a oscurecer la alegría de la villa. Así como al finalizar las Cortes de 1391 la violenta persecución a los judíos obligó a Enrique a salir precipitadamente de su recinto, en éstas ocurrió un nuevo y lamentable contratiempo: antes de que se diesen por terminadas -corría el mes de julio de 1394-, Madrid se vio de repente azotada por una epidemia de peste que forzó a recluirse dentro de sus casas a todos sus vecinos. El rey, entonces, hubo de salir rápidamente en dirección a la villa de Illescas, acompañado por todo su séquito de nobles, prelados y procuradores.

DEHESA DE EL PARDO:

Sabedora del agrado que siempre produjo en Enrique la dehesa y monte viejo de El Pardo, así como testigo de las numerosas monterías que allí había celebrado durante sus visitas, la villa madrileña hizo donación de ella al monarca en 1399. Enrique edificó allí una residencia real y la visitó y se alojó en ella cuantas veces pudo.

Éste fue un motivo más para favorecer la ya demostrada querencia del monarca hacia Madrid. La tradición asegura que Enrique frecuentó la villa y organizó interminables veladas en las que participaban los mayores ingenios del reino; en ellas, la conversación, el vino y la música les tenían en vela, sin sentirlo, hasta altas horas de la madrugada; Enrique de Villena, Pedro López de Ayala, Garcí Fernández de Gerena y otras lumbreras de la época eran los asiduos de estas tertulias, en las que el rey, sin desentonar de ninguno de ellos, asombraba a propios y a extraños con su agudeza y talento.

Con posterioridad, este real sitio habría de ser motivo de frecuentes visitas a la villa de los monarcas que le sucedieron.

CIUDAD Y TÉRMINOS:

Se dice que Enrique edificó varias torres nuevas en el alcázar madrileño, fuertes y majestuosas como ninguna otra; aunque tampoco faltó quien viera en su construcción interés personal por parte del monarca, insinuando que las construyó para esconder los tesoros de la Corona en sus cámaras y subterráneos: "(...) sin agrauiar al común, juntó grandes riquezas, para cuya guarda edificó en el Alcázar de Madrid nueuas torres, que fueron (...) tan fuertes que cabe en el gruesso de las paredes vn gran carro con sus mulas".

Dejando a un lado estas insinuaciones, lo cierto es que Madrid aprovechó su buen entendimiento con el rey para reclamar entre 1400 y 1405 varios de los lugares y aldeas que le habían sido usurpados. Tuvo éxito en lo referente a Cubas, Griñón y Pinto, pero no así con Torrejón de Sebastián Domingo, Parla, Barajas, La Alameda, Alcobendas y Fuentidueña (fue quizá la corta vida del monarca el factor que impidió la recuperación efectiva de más lugares).

RUY GONZÁLEZ DE CLAVIJO. EMBAJADA A SAMARCANDA:

Terminando ya su reinado, Enrique, una vez más, mostró su preferencia por Madrid y le hizo protagonista destacada de la más increíble expedición a tierras lejanas que el monarca llevó a cabo en su corta vida. Interesado en conseguir una alianza con los tártaros del Gran Tamerlán -Timur Lenk, el Cojo- que frenase la temible expansión turca en el Mediterráneo, el rey envió una primera embajada a la remota Samarcanda -comarca y ciudad de la Rusia asiática, capital del imperio del tártaro-. Hay quien dice, y acaso con alguna razón, que la expedición buscaba, en última instancia, el mítico reino cristiano del Preste Juan, que poderosas tradiciones localizaban en algún recóndito lugar de Asia. Sea como fuere, esta primera misión terminó con éxito y Enrique, para corresponder a los exóticos y valiosos presentes que le había enviado el Tamerlán, organizó un segundo viaje, confiándolo al madrileño Ruy González de Clavijo.

Partieron de la villa el 21 de mayo de 1403. Tras pasar por Rodas, Chios, Pera, Constantinopla, Tebisonda, Tabriz y Teherán, lograron llegar a Samarcanda al comenzar el invierno de 1404. Allí, tras el protocolario intercambio de presentes, el Tamerlán relató a los castellanos las maravillas de su reino, y entonces Clavijo, tomándole la palabra, le dejó no menos asombrado diciéndole: "No te admires, o gran Señor, de lo que me has mostrado, porque el gran león de España, mi señor, tiene vna ciudad que se llama Madrid la Vrsaria muy más fuerte que ésta por estar cercada de fuego -las murallas de pedernal- y fundada sobre agua -las minas acuíferas subterráneas que canalizaron los musulmanes-, a la qual se entra por vna puerta cerrada, y ay en ella vn tribunal donde los Alcaldes son los Gatos, y los Procuradores los Escarabajos, y andan por las calles los Muertos -los tres eran apellidos o apodos de algunos de los vecinos madrileños-". No contento con eso, siguió contando al tártaro "que el Rey de Castilla (...) tenía tres vassallos a quien seruían más de mil caualleros que calzauan espuelas doradas, por los Maestres de (...) Santiago, Alcántara y Calatrava, y que tenía vna puente donde se apacentauan diez mil cabezas de ganado, por el río Guadiana que en tierra de Extremadura se hunde por debaxo della diez leguas (...). Y vltimamente que tenía vn león y vn toro que todos los días (...) se comían ciento y cincuenta vacas, y otros tantos o más carneros y puercos, por las ciudades de Toro y León".

La embajada tuvo un inesperado final en 1405, con la muerte del Tamerlán. Los viajeros, pues, dieron la vuelta a casa y llegaron a la vecina Alcalá de Henares, donde se encontraba el rey, el 24 de marzo de 1406.

Enrique III falleció en Toledo en la Navidad de 1406.


 

JUAN II (r.1406-1454)

Al morir Enrique III, su hijo Juan tenía veintiún meses de edad, por lo que se estableció una regencia compartida entre la reina viuda doña Catalina y el infante don Fernando, conde de Peñafiel y hermano de Enrique; la crianza y educación del príncipe niño quedaron encomendadas a Juan de Velasco y Diego López de Zúñiga. Juan II no tomaría en sus manos la gobernación del reino hasta 1418.

CORTES DE 1418/19:

El miércoles 20 de octubre de 1418, "con la fiesta y solemnidad que se deja entender", entró Juan en el recinto de Madrid, en compañía de su esposa doña María, su suegra la reina de Aragón y todos los grandes y prelados de su Consejo. El motivo era la celebración de unas Cortes generales para solicitar ayuda económica con vistas a su alianza militar con el rey de Francia. Como siempre solía ocurrir, el servicio fue aceptado y "concediósele doce monedas, con juramento de que no se gastaría en otra cosa".

A renglón seguido, el martes 7 de marzo de 1419 (un día después de haber cumplido los catorce años), el rey convocó de nuevo en el alcázar madrileño a los integrantes de las Cortes, anunciándoles que, tras haber llegado a la edad legal para ello, quería hacerse personalmente con la entera administración del reino. Lo dijo sentado en "vna silla cubierta con vn paño de brocado, y puesta sobre vn trono de quatro gradas, todos los demás sentados por su orden"; el almirante de Castilla, en nombre del arzobispo de Toledo, los infantes y demás presentes, entregó en ese acto a Juan el gobierno del reino.

CORTES DE 1433:

Madrid celebró su siguiente sesión de Cortes en 1433. La tradición insiste en el muy elevado número de personas que acudieron a la villa con tal motivo: Quintana puntualiza que "fue tanto el concurso de gente que vino a ellas, que quando el Rey vino no auía dónde aposentarse sus criados; por lo qual le fue forzoso retirarse a la villa de Illescas, desde donde embió a su Relator y a Pedro Carrillo su Alconero mayor para que de su parte hiziessen desembarazar la Villa, y la gente que estaua aposentada en ella se aposentasse por las aldeas circunvezinas (...), lo qual se hizo; y en estando hecho, vino el Rey con la gente de su casa". Juan llegó acompañado por su esposa la reina doña María, el príncipe don Enrique, y los condes, prelados, caballeros y doctores del Consejo.

Al acabar la sesión, se celebró una deslumbrante fiesta que hizo olvidar la desorganización de los primeros momentos: "Por fin de las Cortes (...) se ordenó una fiesta notable. Fueron mantenedores Iñigo López de Mendoza (...) y Diego Hurtado su hijo, con veinte Cavalleros de su casa. Aventureros, el Condestable D. Álvaro de Luna con sesenta Cavalleros suyos. La fiesta fue grande y Real, y todos los que entraron en ella cenaron con el mantenedor".

EMBAJADA DEL REY DE FRANCIA:

El año siguiente, 1434, regresó Juan para recibir en Madrid una embajada del rey de Francia. Los comisionados eran Luís de Molin, arzobispo de Tolosa, y mosén Juan de Monais, y fueron recibidos por don Álvaro de Luna y un nutrido grupo de condes, caballeros y prelados. Se les condujo a la puerta del alcázar, donde veinte pajes del rey les rindieron honores, y de allí pasaron a la sala en la que se encontraba Juan, acompañado de los grandes: "Estaua entoldada de vna rica tapicería, y el Rey en vn trono alto cubierto de vn paño de brocado carmesí, sentado en vna silla guarnecida de oro, debaxo de vn dosel de lo mismo, y a sus pies vn león muy grande con vn collar de brocado. Marauilláronse los Embaxadores por parecerles cosa nueva. El Rey se leuantó a recibirlos, aunque el Arzobispo temió de llegarse por el león; su Alteza le quitó el miedo diziéndole: Que se llegasse porque era manso". La tradición asegura que el león -sumiso y glotón en demasía- reventó un día calurosísimo al pasar por el puente de Segovia.

CORTES DE 1435:

La tercera sesión de Cortes generales que Juan II celebró en Madrid ocurrió en 1435: "(...) el ayuntamiento que yo fize en la mi villa de madrid este anno dela data desta mi carta con los perlados, condes, rricos omes, caualleros e doctores del mi consejo". El cuaderno de Cortes se conserva en el Archivo General de la Villa de Madrid, y está fechado el 15 de febrero de dicho año.

León Pinelo se hace eco de un incidente que sitúa en el año 1436, con motivo de la llegada a Madrid de los procuradores del reino. Pensamos que quizá la fecha esté equivocada, pues no ha quedado constancia de que en tal año se celebrase en la villa ninguna reunión que requiriera la presencia de dichos procuradores. De cualquier modo, lo que relata Pinelo es que los procuradores se aposentaron "en los dos Caramancheles", y que "viniendo Diego de Ávila Procurador de la ciudad de Ávila (...) de los Caramancheles a Madrid, llegando a la Puente Toledana salió Gonzalo de Azitores con un criado a cavallo, y con una lanza que llevaba hirió a Diego de Ávila tan fuertemente por la garganta que cayó luego muerto. Sintiólo el Rey y mandó salir a los alguaciles (...) en seguimiento del agresor, que fue preso y traido a Madrid, donde los Alcaldes le condenaron a arrastrar y degollar".

VELADAS LITERARIAS:

Como consecuencia de las frecuentes visitas que Juan realizó a Madrid, quieren los cronistas que el monarca tuviera lugar fijo de residencia en la villa. Y lo ponen en las casas del contador mayor de Castilla, Alonso Álvarez de Toledo, que estaban contiguas a la iglesia de Santiago y al convento (ya desaparecido) de Santa Clara; en ellas habitó, también, el gran condestable y polémico valido don Álvaro de Luna. Además de alojamiento, se dice que el monarca buscó distracción honorable en que ocupar sus horas de ocio. Y ésta la encontró en el alcázar, materializada en las veladas literarias en las que, secundado por el marqués de Santillana, Juan de Mena y Martínez de Medina, daba rienda suelta a su enorme pasión por la poesía. De vez en cuando, estas veladas se trocaban en galanas cortes de amor presididas por un tribunal de doce mujeres -las más bellas disponibles-, asesoradas por el propio rey.

EL DILUVIO DE 1434 Y LA PESTE DE 1438:

Un siglo escaso después de la terrible peste de 1347, Madrid volvió a sufrir los rigores de las epidemias y los desastres naturales.

En 1434, hallándose el rey ocupado con el recibimiento de la embajada francesa, "sucedió tan gran infortunio de agua y nieve, que duró sin cessar desde veynte y nueue de Otubre deste mismo año (...) hasta siete de Enero del año siguiente, en tanto grado que se hundieron muchas casas con peligro de sus moradores; y llegó a tanto la necessidad y falta de bastimentos, que en quarenta días todos los vezinos comieron trigo cozido por falta de harina y no poderse andar los caminos ni passar los arroyos ni ríos (...), pereciendo mucha gente en ellos y muriendo mucho ganado, a causa de lo qual, y de no poderse traginar, ni arar, ni sembrar los campos por la mucha agua, vino a ser tanta la carestía de las cosas, que no se podían los hombres sustentar".

Los setenta y un días de aguacero ininterrumpido tuvieron su fatal continuación en una terrorífica epidemia de peste que se cebó (año 1438) en el vecindario madrileño, desnutrido y débil por las pobres cosechas consecuencia del diluvio anterior. Inerme ante la calamidad, la villa no encontró mejor recurso que hacer votos públicos de ayunos, limosnas y peregrinaciones. Tomó cada parroquia por abogado a un santo, "votando hacerle en su día procesión al rededor de su iglesia; la parroquia de S. Ginés eligió por Patrón (...) a S. Luís, Obispo de Tolosa; la (...) de S. Justo y Pastor (...) a S. Pedro Apóstol; (...) la de Santiago (...) a los Mártires S. Cosme y S. Damián". De poco sirvieron, sin embargo, tales súplicas, y lo único que pudo atajar la epidemia fueron las medidas sanitarias que se tomaron: alrededor del arrabal (ya parcialmente urbanizado) se levantó una cerca que impidiese la entrada indiscriminada de nuevos contagiados, y junto a la puerta de Guadalajara fue construido un hospital para apestados, que años más tarde se convertiría en el Real de la Corte o del Buen Suceso.

LUCHAS DINÁSTICAS:

A renglón seguido de estos dos desastres, Madrid se vio obligado a sostener con hombres y armas las luchas que el rey mantuvo contra los infantes de Aragón, y a mediar en las revueltas que esa pugna provocó entre los madrileños. Los regentes del reino, durante la minoría de Juan, habían sido la reina madre, Catalina, y el infante don Fernando de Antequera. Éste, antes de proclamarse en 1412 rey de Aragón, tuvo buen cuidado de situar a sus hijos Enrique, Sancho y Juan -infantes de Aragón- en puestos de altísimo rango. Como consecuencia de ello, los tres infantes habían llegado a poseer un conjunto de bienes patrimoniales y cargos políticos cuyo poder global era superior al del propio rey castellano. Tras la toma del gobierno por Juan, se produjo una serie ininterrumpida de conflictos triangulares entre los infantes, la alta nobleza castellana y el condestable Álvaro de Luna, al cual veían las otras dos facciones como enemigo poderosísimo que, relegando a Juan al papel de simple figurante, se había hecho con las riendas de Castilla.

Ya en 1422 el rey, estando alojado en el alcázar de la villa, hizo llamar al infante don Enrique para pedirle cuentas de su comportamiento. Llegó el de Aragón con Garcí Fernández y veinte caballeros de la orden de Santiago, y fueron recibidos por el condestable, que los condujo hasta "la quadra rica" de la fortaleza, donde les esperaba el rey en compañía del almirante de Castilla, conde de Benavente, conde don Fadrique y otros señores. Enrique de Aragón, tras ser encontrado culpable de traición, fue encerrado en "vna torre que estaua sobre la puerta del Alcázar, de donde dentro de pocos días fue lleuado al castillo de Mora". Por su parte, Garcí Fernández dio con sus huesos "en otra torre dentro del Alcázar, que cae a la parte del campo". Algún tiempo después, con el infante ya libre y dueño de Ocaña, el conde de Benavente hubo de recurrir a los madrileños cuando decidió tomar la ciudad: "(...) viendo que aunque tenía buena gente, no era tanta que pudiesse con sola ella intentar el cerco, acordó de valerse de Madrid y su comarca, que juntando prestamente la más gente que pudo, fue en fauor del Conde".

Tras estas dos primeras tomas de contacto con la contienda, Madrid se vio inmerso en una larga serie de envíos de gentes armadas, establecimientos de medidas internas de seguridad y recaudaciones de fondos que duró trece años, y que supuso una continua sangría de hombres y dinero. En 1440, la villa recibió una carta del rey de Aragón en la que se notificaba su pronta entrada en Castilla para tomar parte en la pelea y pedía colaboración madrileña para conseguir que Juan desterrase al condestable don Álvaro de Luna, como único medio para poner fin al mal gobierno del reino. Casi de inmediato llegó otra del propio Juan, dictando cuál debía ser la contestación al aragonés: "(...) e al rresponderle digades quel dicho Rey de aragón bien sabe en cómmo vos sodes mis naturales e vasallos e me debedes fidelidad e lealtad así commo a vuestro Rey e sennor natural, e que yo vos he declarado mi entención que non es mi volunptad que el dicho Rey de aragón venga a mis rregnos (...), ca a él non pertenesce (...) gobernación de rregno ageno, mayor mente contra la volunptad de su duenno".

No tuvo, de cualquier modo, que esperar mucho tiempo para comprobar la lealtad madrileña. En 1441, con su hijo el príncipe Enrique ya pasado al bando aragonés, Juan perdió el control de la ciudad de Toledo, que cayó en manos del infante. A recuperarla se encaminaron el adelantado mayor de Cazorla y el arzobispo de Toledo, y cuando con sus tropas llegaron a Illescas, fueron avisados de que algunos de sus soldados se disponían a traicionarlos. Ambos, entonces, acordaron "venirse secretamente a esta Villa de Madrid, recibiendo antes de partirse cartas del Rey para que les acogiessen en ella, la cual como obediente a su Rey le obedeció (...), recibiendo al Arzobispo y a los suyos y dándole fauor, de suerte que el Infante y los demás que vinieron en su seguimiento, no se atreuieron a entrar, y assí se huuieron de boluer a Illescas". Pocos días después, en una carta enviada desde Ávila, Juan pidió a Madrid "que non vayades nin enbiedes gente de armas (...) a los dichos Rey de nauarra e infante (...), e (...) que luego vos vengades todos para mí con las armas e cauallos e cosas que touiésedes (...), lo más prestamente que ser pueda"; en menos de una semana se envió el auxilio solicitado.

A finales de ese mismo año, acuciado por la presión de infantes, príncipe y nobleza castellana, Juan accedió a desterrar al condestable por seis años. Si bien se desligaba, con eso, de la influencia de Álvaro de Luna, venía ahora a caer en la del rey navarro, del príncipe y del marqués de Villena. Pero el hecho es que la presunta pacificación del reino se había logrado, y el primer día de septiembre, desde Burgos, el rey escribió a Madrid para comunicarlo. Quince días después, desde el mismo lugar, envió otra carta en la que se mostraba verdaderamente preocupado: durante las alteraciones pasadas, para ganarse el favor de nobles y principales, había extendido gran cantidad de privilegios en blanco, firmados de su puño y letra. Con ellos consiguió que muchos pasasen a su bando, pero ahora, una vez reducida la oposición anterior, se daba entera cuenta del tremendo error que había cometido. Si los agraciados rellenaban a su antojo esos privilegios -como, en realidad, debería ser-, aquello supondría una hecatombe para las finanzas reales. Así que, rápidamente, despachó una cédula anulando todos: "(...) vos, o algunos de vos, tenedes en vuestro poder algunas mis cartas o alualaes firmadas de mi nombre en blanco, las quales yo me mouí a librar (...) por algunas cosas que por estonces entendía ser complideras a mi seruicio (...), las quales cartas (...) me las non han dado ni tornado, de lo qual en el tienpo aduenidero a mí e a mi patrimonio (...) se podría rrecrecer grand deseruicio e danno".

La situación, sin embargo, no se había terminado de aclarar. Los infantes de Aragón, a pesar de la destitución de Álvaro de Luna, continuaban con su deseo de hacerse con el reino de Castilla, y en algunas ciudades comenzaron a entrar gentes principales que pretendían ganarse al pueblo a la causa aragonesa. En ese sentido, Juan escribió a Madrid desde Valladolid (1442) ordenando que no se permitiese tal hecho: "(...) agora (...) me es fecha rrelación que algunas personas poderosas se quieren venir a esa dicha villa e se auecindar en ella, con entención de se apoderar (...) desa dicha villa (...). Vos rruego e mando (...) que non acojades nin consintades acojer en esa dicha villa a ninguna persona poderosa". De igual modo, no tardó en interesarse por los madrileños que le habían sido contrarios: en 1444 comisionó a un juez corregidor y un alguacil para que averiguasen "los delitos e maleficios fechos e cometidos por personas syngulares e poderosas dela dicha villa, así delos rregidores commo delos cavalleros e escuderos dela mesma", y les impusiesen el castigo consiguiente.

En 1445 el ejército real, en Olmedo, derrotó a los infantes de Aragón en una batalla que pareció definitiva, con la inestimable colaboración del pueblo llano y de algunos linajes favorables a Juan. Convenía, sin embargo, dejar bien aseguradas las ciudades para evitar nuevos conatos de rebeldía. Las amuralladas -casi todas- habían tenido cerradas sus puertas durante el último periodo del conflicto, y, en 1446, se ordenó que dichos portillos "se abran dela data que estos capítulos fueren dados (...) fasta sesenta días, con tanto que los caualleros e (...) vezinos delas tales villas (...) que en ellas quisieren entrar e se estar ayan (de) fazer las seguridades quel Rey (...) mandará ordenar (...), e non acojades en esa dicha villa syn mi licencia (...) a persona alguna quese pueda apoderar della durante los dichos sesenta días". A pesar de esas medidas, y hasta 1453, brotaron focos de insumisión en varias ciudades. Para combatir a los sublevados de Atienza y Torija, tuvo que enviar Madrid en 1446 "veynte ommes de cauallo e quarenta peones, vallesteros e lanceros", pagados a su costa; en 1447, "veynte e cinco vallesteros, mancebos escogidos e delos mejores e más pertenescientes que oviere en esa villa, et asy mesmo veynte e cinco lanceros"; y, en 1449, "cient peones, vallesteros e lanceros, bien aderezados con sus vallestas e almacén e lanzas e escudos e las otras sus armas". En 1450 se recibió la orden de entregar la custodia de las puertas de la villa (hasta ahora habían sido guardadas por madrileños fieles a su causa) a funcionarios reales enviados por él; el único que se negó a obedecer, Ruy Sánchez Zapata, fue severamente reprendido por el rey: "(...) et agora a mí es fecha rrelación que commo quier que (...) auedes seydo rrequerido (...) e lo non auedes fecho, de lo qual soy maravillado. Por que vos mando (...) que luego, vista esta mi carta, dedes e entreguedes la dicha torre (de la puerta de Guadalajara) al dicho comendador (...), para que él la tenga por mí".

Un año después (1451) Madrid tuvo que adelantar el montante del servicio del año venidero, ofrecido para sufragar, entre otros, los gastos del ya larguísimo conflicto. Y, un par de meses después, los vecinos madrileños Ruy Sánchez Zapata (el ya antes mencionado), Juan de Soto y Juan Gutiérrez de Hita tuvieron que ir a Ocaña, convenientemente armados y equipados con todos sus caballeros, para unirse allí al arzobispo de Toledo y "rresistir los mouimientos e escándalos que diz que en sus puertas se han comenzado a fazer". En 1453, finalmente, tras ser rependido por no haberse unido con diligencia a la Hermandad creada para combatir a los rebeldes de Atienza -"(...) lo non auedes fecho nin conplido, poniendo a ello vuestras luengas e escusas e dilaciones quales quisistes, delo qual yo soy de vosotros mucho maravillado"-, Madrid hubo de contribuir con "todos los caualleros e escuderos e otras cualesquier personas que tengades armas e cauallos, así ommes de armas como ginetes", para poner cerco a la insurrecta Escalona.

La contribución de la villa a la contienda dinástica, siempre del lado de Juan, había sido generosa. Sin embargo, la actitud que el monarca tendría en los años siguientes para con Madrid no se correspondió, en más de una ocasión, con la lealtad recibida.

ENAJENACIONES DE TÉRMINOS:

Entre 1422 y 1434, Juan ordenó hacer diversas pesquisas acerca de "los términos e pastos e prados e exidos e montes e yslas e sotos e abebraderos que dizen que pertenesciendo a la dicha Villa (...) los tiene(n) entrados e tomados": para ello, comisionó sucesivamente al secretario real Fernando Díaz de Toledo, al licenciado Alfonso García de Guadalajara y al bachiller Luís Rodríguez de Valladolid. Las pesquisas, sin embargo, no tuvieron ningún resultado positivo inmediato para la villa, excepción hecha de la solemne promesa del monarca (agosto de 1439) de que eran infundados los rumores de que iba a realizar ciertas enajenaciones de términos: aunque "algunas personas, mouidos con mal propósito al fin de escandalizar mis cibdades e villas (...) e de senbrar zizania e discordia en ellas e poner toda yndignazión entre mí e ellos, han diuulgado e dicho (...) que yo auía dado (...) algunas de mis cibdades e villas (...) de mi corona rreal a algunas personas (...), por la presente vos certifico e prometo por mi fe rreal que nunca por mi pensamiento lo tal passó, nin lo entiendo fazer".

Pero la promesa de Juan quedó en papel mojado cuando en noviembre de ese mismo año de 1439, tan sólo tres meses después de sus anteriores palabras, extendió a Pedro de Luján, camarero del rey, una cédula real por la que le hacía donación de las aldeas de Palomero y Pozuelo: "Yo el Rey, por fazer bien e merced a vos pedro de luxán (...), fago vos (...) donación delas mis aldeas que fueron dela villa de madrit que dizen de palomero e pozuela (...), con los vasallos que en los dichos lugares ay, e con la juredición e justicia ceuil e criminal (...), para que lo ayades todo para vos e para vuestros herederos (...) por juro de heredad para sienpre jamás". La cédula fue notificada en el Concejo en mayo de 1440, y no ha quedado constancia de ninguna resistencia por parte de la villa.

Tres años después, en 1442, desde Valladolid, Juan volvió a dar muestras de su comportamiento errático en esta materia (esclavo, acaso, de una mezquina política de reparto de mercedes), extendiendo una cédula por la que inscribía a Madrid en el mayorazgo de la corona de Castilla: "Acatando que la villa de madrid es cosa propia mía e lo fue siempre de los Reyes de gloriosa memoria mis progenitores, (...) es mi merced e voluntad (...) que la dicha villa (...) e su tierra e aldeas e términos sean e figuren e queden de mi dominio e de los Reyes que después de mí rregnaren en castilla (...), e non (...) pueda ser donada nin vendida nin enpennada nin obligada nin canbiada nin prendada nin traspasada nin enagenada nin apartada de mí nin de la corona rreal de mis Regnos".

Porque lo cierto es que tales declaraciones no suponían ningún obstáculo para que se produjeran nuevas donaciones si el monarca así lo decidía. En 1445, desdiciéndose de nuevo, donó a Luis de la Cerda las aldeas de Cubas y Griñón. En aquella ocasión, sin embargo, el Concejo se opuso a la enajenación, y Juan II optó por conceder a la villa, en abril de 1447, dos ferias francas -libres de alcabalas e impuestos- por San Miguel y San Mateo de cada año, a cambio expresamente de que diese el visto bueno a la donación. Las ferias comenzaron a celebrarse, pero la villa se mantuvo en su empeño de que Luis de la Cerda no tomase posesión de las aldeas donadas. Finalmente, el rey revocó la merced concedida, dando clara muestra de lo indigno de su proceder: en 1449, desde Escalona, en tono solemne y definitivo, anunció que "porque commo quier que la dicha villa ha gozado fasta aquí de la dicha merced (...) delas dichas ferias con la dicha franqueza, (e) nunca ha dado (...) el dicho consentimiento a la dicha merced que fize (...) al dicho Luis de la Cerda (...), es mi merced de rrevocar, e por la presente rrevoco e do por ninguna (...), la dicha merced (...) delas dichas ferias (...), e mando que agora nin de aquí adelante non aya feria nin ferias algunas en la dicha villa, nin franqueza".

Por lo que se refiere a este asunto, Juan tomó una única decisión favorable los intereses de la villa: en 1453, mediante cédula enviada desde Maqueda, prohibió a sus vecinos trasladar el domicilio a otros lugares fuera de la tierra. Con esta disposición se intentaba frenar la creciente tendencia de aquéllos a instalarse en lugares de señorío, en los que gozaban de ciertas ventajas, pero que tenía como consecuencia la progresiva despoblación de la villa y alfoz: "(...) algunas personas vezinos e moradores desa dicha villa se quieren yr e absentar della a fyn dese yr a beuir e morar a otras partes e lugares, e leuar sus mugeres e fijos e las faziendas que tienen, et (...) sy lo tal así pasase (...) se rrescrecería (...) a esa dicha villa e su tierra grand danno (...); por lo qual mando a (...) las dichas tales personas (...) que se non irán nin absentarán (...), mas que biuirán en la dicha villa e su tierra segund que fasta aquí han beuido e morado".

GOBIERNO MUNICIPAL:

Durante los dos primeros tercios de su reinado, Juan II dictó una serie de normas que regulaban determinados aspectos de la vida concejil madrileña. Así, en julio y septiembre 1418, reinstauróla figura de los sexmeros ("omes de buena fama, rricos e abonados e lo más pertenecientes que pudieren auer ", elegidos entre los pecheros de la villa y la tierra), que representarían en el Ayuntamiento los intereses de los cuatro sexmos, o divisiones territoriales, que comprendía el alfoz de Madrid; una de sus principales misiones era la de estar presentes en las derramas que el Concejo hubiera de echar, para evitar así que los labradores del alfoz salieran perjudicados en ellas.

En 1436, el rey tomó cartas en un asunto que estaba empañado la rectitud de las actuaciones del gobierno local: algunos caballeros, mediante métodos poco ortodoxos, habían llegado a detentar simultáneamente dos o más cargos de regidores. Para subsanar tal absurdo, Juan dispuso "que (...) sean tenudos todas e quales quier personas que tienen dos rregimientos o más de escoger e rretener para sy solamente vno de los dichos rregimientos, qual más quisieren, (...) e todos los otros ayan vacado e vaquen por el mismo fecho para que yo pueda proueer e prouea de ellos a quien mi merced fuere (...); et si (...) non escogiere e tomare qual quier delos dichos rregimientos (...), que por el mesmo fecho ayan vacado e vaquen todos, e la tal persona non aya nin pueda auer ninguno dellos". Y en 1438, para evitar partidismos y parcialidades, ordenó que en la elección anual de oficios locales estuviesen presentes todos los caballeros y escuderos. En confirmación de la progresiva recuperación que el vecindario iba experimentando, durante el reinado de Juan se elevó a ocho el número de regidores -seis eran en el de su abuelo, Juan I-, como consta en la cédula real de 1442 en la que se duplicaba el sueldo de cada uno de ellos, que ahora quedaba establecido en "dos mill maravedís en cada vn anno (...) para en toda su vida".

Pero, sin duda, el asunto local que revistió mayor gravedad durante estos años fue el de las revueltas y altercados que se suscitaron entre los regidores, por un lado, y los caballeros y escuderos por el otro. Dos eran los motivos fundamentales. El primero, que los regidores -en contra de la ya señalada disposición real de 1438- comenzaron a elegir los oficios concejiles sin dar voz ni voto en ello al resto de los caballeros y escuderos. Con este motivo "se leuantaron vandos muy reñidos (...), siendo causa estas disensiones (...) (de) que se ocupassen algunos términos, dehesas, tierras de pan lleuar y abreuaderos propios de la Villa, assí por los vezinos y moradores della como por algunos Caualleros comarcanos". El 3 de septiembre de 1453, Juan comisionó al licenciado Alfonso Díaz de Montalvo para que se informase de los "escándalos e bollicios e muertes e feridos de ommes e fuerzas e ynjurias e furtos e rrobos e otros delitos e maleficios (...), los quales fasta aquí no han seydo ni son punnidos nin castigados"; para que actuase con más libertad, el rey suspendió a los alcaldes y alguaciles y puso estos cargos en manos del licenciado. Una vez determinada la causa de los tumultos, Montalvo (poco más de un mes después) fue encargado de dictaminar de qué forma habría de realizarse la polémica elección. En enero de 1454, el licenciado daba su respuesta, desautorizando la orden real de 1438 y declarando "pertenecer la elección (...) de los oficios referidos a los Regidores y Alcaldes ordinarios, pero que no la pudiessen hazer en si, ni en ninguno de sus paniaguados, ni en persona que no fuesse Cauallero o hijodalgo".

El segundo motivo -¿y principal?- de estos altercados era que los regidores, actuando con evidente mala fe, habían concedido solares municipales a vecinos afectos a ellos, pidiéndoles por la cesión censos -alquileres- ridículos, e incluso otorgándoselos gratuitamente. Las pesquisas de Montalvo, que determinó que dichas concesiones fuesen siempre "con cargo a censos para propios de la dicha Villa", le llevaron a confeccionar su célebre "Relación", padrón exhaustivo que recogía el listado de los propietarios de terrenos, las características físicas y ubicación de éstos, y los censos que por cada uno de ellos pagaban. Esta relación, en vista de lo útil que se reveló, fue completada por el Concejo con otras posteriores.

ENRIQUE DE VILLENA:

Don Enrique de Villena, señor de Iniesta y maestre de Calatrava, tío del rey, fue "persona eminente, no sólo en la poesía, filosofía y Astrología, sino también en el arte Magia". A pesar de su parentesco, el monarca ordenó quemar todos sus libros, sospechosos de hechicería. Cuenta la tradición que llevó a cabo la orden el dominico don Lope Barrientos, obispo de Cuenca, quien para penetrar en la casa de don Enrique -calle del Perro, cerca de la puerta de Valnadú- y confiscar los manuscritos, tuvo que matar previamente, a tiro de ballesta, un fiero e imponente mastín que la guardaba y que -según se dice- causaba el mal de ojo a quien se acercaba a él. Recogidos los libros, el dominico "los quemó en el Monesterio de Santo Domingo el Real. Tuuieron quexa desta acción algunas personas principales y de cuenta, juzgando eran dignos de conseruarse y guardarse (...) para que personas doctas y eruditas se aprouechassen dellos. Respondió a ella don Lope en su defensa por escrito, escusándose con el orden y voluntad de su Rey, a quien no podía faltar". En 1434 murió don Enrique, cansado y perseguido, en las casas de los Álvarez de Toledo, siendo sepultado en el convento de San Francisco.

TRASVASE DE AGUAS DEL JARAMA AL MANZANARES:

Referimos aquí, para terminar, un disparatado proyecto que, al parecer, maquinó Juan II al final de su reinado con el fin de aumentar el caudal del Manzanares con las aportaciones del Jarama. El plan consistía en encauzar el agua de este último río desde el puente de Viveros hasta el pie de la torre de mi iglesia de San Pedro; a partir de ese punto, el agua pasaría por las fuentes de los Caños Viejos, huertos del Pozacho -sobre la actual calle de Segovia- y barranquera de San Pedro, para verterse finalmente en el Manzanares, a la altura del puente de Segovia. Afirmaban "los que sabían y auían visto la tierra, (que) era cosa muy possible"; sin embargo, "los deseos del Rey se malograron con la muerte que le sobreuino, que es la que ataja y corta el hilo de la vida, y con ella el de los dissinios humanos, aunque sean de Reyes". Nivelaciones y estudios posteriores han parecido demostrar que el punto de destino (puente de Segovia) está 16 metros por encima del de partida (puente de Viveros), lo cual convertía en desatino el proyecto de Juan.

Juan falleció el 21 de julio de 1454, en Valladolid, tras cuarenta y ocho largos años de reinado, los cuales, en conjunto, fueron decididamente positivos para Madrid. Enrique, hijo de su primera esposa -María de Aragón-, y Alfonso e Isabel, hijos de la segunda -Isabel de Portugal-, serían quienes en los próximos cincuenta años iban a monopolizar el poder en Castilla.



ENRIQUE IV (r.1454-1474)


Sin duda alguna, Enrique IV fue el monarca castellano que más identificado se sintió con Madrid. Visitó la villa con gran frecuencia, residió y veraneó en ella de ordinario (Quintana habla de "las ruinas que se ven cinco leguas de aquí entre los términos de Valdemorillo y Villanueua de la Cañada, de vnas grandes casas de Campo con sus jardines que tuuo, donde de ordinario se iba los Veranos a pasar los calores de los Caniculares"), y vivió aquí episodios decisivos de su existencia: desde el nacimiento de su hija Juana hasta su propia muerte. Fue "hombre alto de cuerpo e fermoso de gesto e bien proporcionado en la compostura de sus miembros", pero seguramente de salud y carácter débiles, lo cual habría de condicionar poderosamente su reinado.

La provisión real que comunicaba el fallecimiento de su padre, Juan II, llegó a Madrid el 22 de julio de 1454, y la villa envió a sus procuradores a Valladolid para prestar juramento al nuevo monarca. Tras esta primera toma de contacto transcurrieron siete años en los que no hubo apenas trato con el rey; pasado ese plazo, sin embargo, la trayectoria de Enrique habría de verse intimamente ligada a la de la villa madrileña.

ESTANCIA DE 1461:

La primera visita de Enrique IV a la villa ocurrió en 1461, ocho años después de su entronización. Lejos de tratarse de una visita protocolaria, la estancia de Enrique fue larga y estuvo repleta de importantes sucesos y celebraciones. Dispuso, para empezar, que se reuniese con él la reina, doña Juana de Portugal, "y a causa de estar preñada, porque no corriesse algún peligro, mandó la truxessen en hombros en vna silla (...). En sabiendo que estaua cerca de Madrid, el Rey con todos los grandes de su Corte la salió a recebir, mandando la pusiessen sentada a las ancas del cauallo, porque entrasse a la Villa con más honra hasta el Alcázar donde se aposentó, tanto era el amor que la tenía". A renglón seguido, recibió aquí -principio de 1462- al conde de Armagnac, embajador del rey de Francia, que traía el encargo de confirmar las paces entre castellanos y franceses: "El Rey, sabida su venida, mandó se le hiziesse vn honrado recibimiento. Fue tratado con mucho amor, haziéndole en esta Villa grandes fiestas"; en el trascurso de ellas, el arzobispo de Toledo ofreció al de Armagnac un provechoso y suculento regalo: mil fanegas de trigo y otras tantas de cebada, mil cántaras de vino, mil pares de gallinas y cuatrocientos pavos.

NACIMIENTO DE JUANA LA BELTRANEJA:

Al finalizar el mes de febrero, la reina se sintió de parto. La alegría que ese primer alumbramiento real habría de producir se vio, sin embargo, enturbiada desde el primer momento. Enrique había estado casado en primeras nupcias con Blanca de Navarra: tras diez años de unión estéril, "ouo diuorcio entre ellos por el defecto de la generación que él imputaua a ella y ella imputó a él"; la opinión pública estaba convencida de la impotencia de Enrique, que parecía verse confirmada por los casi siete años que duraba ya su segundo matrimonio -éste con la citada doña Juana-, en los cuales el rey tampoco había logrado descendencia. Ahora, con el embarazo de la portuguesa a punto de llegar a término, "los Grandes de Castilla (...) tuuieron por sospechosa la preñez de la Reyna, no porque della presumiessen cosa fea, sino temiendo no fuesse ficción suya, fingiendo que estaua preñada".

Lo cierto es que cuando llegó el momento del parto se produjo una escena bochornosa. Los grandes, para confirmar si sus conjeturas eran correctas o no, exigieron estar presentes en el alumbramiento. Así que doña Juana tuvo que dar a luz bajo la atenta mirada de no menos de docena y media de ojos vigilantes, amén de los que correspondían a matronas, médicos y servidores. La intimidad de la reina fue violada con el preceptivo consentimiento de Enrique, que hizo gala ante los nobles de una sumisión y cobardía impropias. Afortunadamente, el trance duró poco y doña Juana parió -todos lo pudieron ver- una preciosa niña, "por cuyo nacimiento se hizieron muchas alegrías y fiestas, juegos de cañas, y toros, en la Corte. Passados ocho días la bautizó en la Capilla Real el Arzobispo de Toledo (...); fueron padrinos el conde de Armeñaque Embaxador de Francia y el Marqués de Villena, y madrinas la Infanta doña Isabel hermana del Rey y la Marquesa de Villena; sacó en brazos a la Princesa el Conde de Aluadeliste, siendo el que la tuuo en la pila. Pusiéronla por nombre doña Iuana, como su madre, haziéndose por todo el Reyno grandes regozijos".

CORTES DE 1462:

Enrique, deseoso de tranquilizar cuanto antes la situación y deshacer equívocos, convocó de inmediato Cortes para jurar en ellas a Juana por princesa y sucesora en el reino. Madrid recibió la citación el 17 de marzo, y se apresuraron los trámites para que pudiera celebrarse la asamblea lo antes posible. Sin pérdida de tiempo, pues, se reunieron los prelados, grandes, señores y procuradores; y el 9 de mayo, tras exhortar a los presentes a que realizasen el juramento debido, Enrique "mandó al Arzobispo de Toledo que tomasse a la Princesa en sus manos, por ser de sólo dos meses, después de lo qual llegaron el infante don Alonso y la infanta doña Isabel -la luego Católica- hermanos del Rey (...) a jurarla y darla la obediencia, besándola la mano, llegando por orden los Prelados y Caualleros que se hallaron presentes y los Procuradores, conforme los iba nombrando el Rey".

Todos aceptaron allí a la pequeña como futura reina de Castilla, pero al terminar el acto, lejos ya de la mirada de Enrique, la gran mayoría de los nobles convocados urdieron una nueva interpretación de la sorprendente -para ellos- paternidad del rey. Ya que el embarazo no había sido el fraude que se pretendía, acordaron aducir que el verdadero progenitor no era Enrique, sino su mayordomo mayor Beltrán de la Cueva. Al mismo tiempo, y como consecuencia inevitable, pusieron en tela de juicio la honorabilidad y decencia de la reina, haciéndola culpable de adulterio. El embuste caló hondo y tuvo éxito: a la pequeña, desde entonces, se le colgó el apodo de "la Beltraneja". Además, convirtieron la infame calumnia en principal bandera de la recientemente formada "liga de Tudela", camarilla de rebeldes y descontentos encabezada por el rey de Aragón, el almirante de Castilla, el marqués de Villena, el maestre de Calatrava y el arzobispo de Toledo, cuya aspiración era destronar a Enrique y sustituirle por su hermanastro el infante don Alfonso. Con la propagación del bulo, el monarca se vio sumido en un desprestigio total, mientras a su alrededor la intriga y la conjura hacían la atmósfera irrespirable por momentos.

Madrid no fue del todo ajena a la conspiración, y algunos de sus vecinos más notables se unieron a ella. De hecho, una vez disueltas las Cortes, Enrique dictó una provisión desde Toledo encaminada a impedir la formación de ligas y confederaciones, fechada el 20 de julio de 1462: "Sepades que vuestro procurador (...) me fizo rrelación que en esa dicha Villa se avían fecho ciertas ligas e monopolios e confederaciones (...) contra las leyes de míos rregnos en dapno de la cosa pública (...), por cabsa de lo qual se esperavan recrecer en la dicha Villa grandes escándalos e rroydos e ynconvinientes sy yo luego non mandase en ello rremediar (...). Otrosí, mando (...) que de aquí adelante non fagan las tales ligas nin tales juramentos e omenajes, e qualesquier que lo contrario fizieren, que pierdan la tierra e la merced que tovieren de mí".

EL PASO HONROSO:

En 1463 Enrique volvió a visitar Madrid para recibir aquí al embajador del duque de Bretaña. Mientras se trataban y discutían los asuntos políticos que el inglés traía en cartera, el rey celebró en su honor una gran fiesta en la casa real del El Pardo, que habría de durar cuatro días. El último de ellos, jornada de regreso a Madrid, fue el elegido por Beltrán de la Cueva para organizar el famosísimo Paso Honroso, "justa defendiendo vn passo a la vsanza antigua"; el lugar que se dispuso para ello estaba en la margen izquierda del Manzanares, aguas arriba de la actual ermita de San Antonio de la Florida.

La justa se ordenó de la siguiente forma: "Estaua vna tela barreada alrededor de vnos maderos con sus puertas por donde auían de entrar los que venían del Pardo, en cuya guarda estauan dos saluages que no consentían entrar a los Caualleros que lleuassen alguna Dama de la rienda, sin que prometiessen de hazer con el mantenedor seis carreras, y si no quisiessen justar auían de dexar el guante derecho. Auía junto a la tela vn arco de madera bien tallado, donde auía muchas letras de oro, y acabadas cada vno seis carreras y auiendo quebrado tres lanzas, iba al arco y tomaua vna letra en que se comenzasse el nombre de su Dama. Assimismo auía tres cadahalsos altos para en que comiessen y mirassen el Rey, la Reyna y el Embaxador, otro para los Grandes y señores, y otro para los juezes de la justa". La fiesta se prolongó desde la mañana hasta la noche, y Enrique, plenamente satisfecho, mandó levantar en aquel sitio, en memoria de ella, un monasterio de frailes jerónimos que tomó el título de Santa María del Paso. La construcción del edificio terminó en 1464, y treinta y nueve años después, recién estrenado el siglo XVI, se trasladó al Prado alto y cambió su inicial advocación por la de San Jerónimo el Real.

Enésima prueba de su afición por la villa madrileña son las casas en las que, al decir de Quintana, pasó muchos veranos, situadas al Este de la comarca madrileña: "(...) las ruinas que se ven cinco leguas de aquí entre los términos de Valdemorillo y Villanueua de la Cañada, (son) de vnas grandes casas de Campo con sus jardines que tuuo, donde de ordinario se iba los Veranos a pasar los calores de los Caniculares, por ser tierra que participa de altura de sierras y puertos, y por la misma razón, airosa y fresca y de Verano apacible".

LUCHAS DE SUCESIÓN:

La situación general de la corona, sin embargo, se tornaba cada día más crítica. En el mismo año 1463, el marqués de Villena organizó una confederación señorial con la finalidad de destronar a Enrique. Éste, que se encontraba en el alcázar de Madrid, intentó pactar con los conjurados, sin encontrar otra respuesta que su asalto a la fortaleza; la villa, entonces, tuvo que defender con las armas a su rey. El asalto se resolvió finalmente con la concesión al marqués rebelde del maestrazgo de Santiago. La falta de entereza del monarca se había hecho patente y, en aquel instante, todo pareció indicar que no sería capaz de salir airoso de la contienda. Por lo pronto, en 1464 Madrid se aprestó a reparar los muros haciendo una derrama de 20.000 maravedís entre los vecinos, pues las familias nobles afectas a los rebeldes amenazaban ya con apoderarse de la fortaleza. Y en septiembre, Enrique encargó a la villa formar Hermandad con Segovia, Arévalo, Sepúlveda y el Real de Manzanares para combatir los desórdenes que se veían venir. Pero el acoso agobiante de los insumisos dejó sin efecto todas las previsiones y, en noviembre de ese año, el rey claudicó, declarando heredero a su hermanastro el infante don Alfonso y despojando a la Beltraneja de su legítimo derecho sucesorio.

La claudicación del monarca fue notificada a la villa el 30 de noviembre; ni las explicaciones del rey ni las condiciones que impuso a sus adversarios fueron suficientes para encubrir la debilidad mostrada por Enrique: "(...) mi merced e voluntad (...) es, por euitar toda materia de escándalo que podía ocurrir después de mis días cerca dela subcesión destos mis rregnos (...), de rrogar e mandar (...) que todos fiziesen el juramento de fidelidad (...) deuido a los primo génitos herederos de castilla e de león al yllustre ynfante don alfón, mi (...) hermano; (...) e asy mismo fue e es mi merced (...) trabajar e procurar que dicho príncipe don alfón (...) se case con la princesa donna juana. E que nin en público nin secretamente non serán nin procurarán que se case (él) con otra nin ella con otro".

La nobleza levantisca se dio cuenta de que Enrique estaba prácticamente derrotado y sin reservas de coraje para enfrentarse a ellos. En 1465 el almirante don Fadrique, no contento con la infamante declaración anterior del monarca, levantó pendones en Valladolid por el infante, proclamándole rey. Enrique, la reina doña Juana y la infanta Isabel, asustados, huyeron a Salamanca. Entonces los rebeldes, envalentonados por su osadía, urdieron la vergonzosa farsa de Ávila: reunidos en esta ciudad (5 de junio) con el infante, levantaron en las afueras un cadalso, pusieron sobre él un muñecote sentado con ropajes negros que representaba a Enrique, y tras leer una carta repleta de acusaciones y mentiras, derribaron la efigie. El rey había sido depuesto simbólicamente y el barril de pólvora de la rebelión estalló. Enrique, en el centro del huracán, sólo pudo contar con el apoyo de las ciudades -cansadas ya de alborotos y conspiraciones- y de poco más de media docena de nobles. Solicitó la ayuda de aquéllas y, al mismo tiempo, procuró hacerlas inexpugnables a los sublevados.

En lo que a Madrid se refiere, en julio de 1465 se mostró agradecido a "la lealtad que en vos he fallado, especialmente en estos mouimientos e escándalos acaescidos en estos mis rregnos (...), que con toda lealtad e fidelidad commo buenos e leales vasallos auedes tenido e tenedes la dicha villa para mi seruicio", y eximió a la villa, para ese año y todos los venideros, del pago de pedidos y monedas; al mismo tiempo, decidió que "ninguna nin algunas personas, vezinos e moradores delos muros adentro dela dicha villa, non salgan a beuir nin morar fuera a los arrabales della, e si salieren que non gozen (...) delas dichas franquezas". La finalidad de esta última disposición era evidente: quería asegurarse la lealtad de los que vivían dentro del recinto amurallado, impedir el movimiento de personas hacia el exterior, y facilitar, así, la defensa de la villa. Como complemento a esto, en carta fechada el mismo día, dispuso que el mercado franco semanal, concedido un par de años antes, se trasladase del Campo del Rey (hoy, aproximadamente, plaza de la Armería) a la extramurada plaza del Arrabal (hoy Mayor), "en tanto que estos mouimientos ay en mis rreynos (...), porque la villa esté a mejor rrecabdo"; de este modo, el gentío heterogéneo y difícil de controlar que venía a comerciar en el mercado no podría traspasar los muros. Junto a estas medidas de prudencia, se aplicaron otras estrictamente militares: en la misma carta últimamente citada, ordenó "que se ponga gran guarda (...) en el alcázar e torre de guadalajara, la qual enbío mandar que se rrepare luego (...), e mucho vos rruego que todas las puertas desa villa estén tapiadas e non esté otra abierta saluo la puerta de guadalajara".

Los dos meses siguientes fueron una sucesión de pequeños asaltos de las tropas rebeldes; Madrid, entretanto, puso sus muros al cuidado de los mejores caballeros, entre los que se encontraban cuatro regidores del propio Concejo: desde el alcázar hasta la torre de Valnadú, incluida la puerta, el lienzo murado fue defendido por Pedro Núñez de Toledo con su gente, "allende las veinte lanzas que en su fortaleza tiene (...), que son seis homes de acavallo y veinte y cinco de a pie"; el siguiente tramo, hasta la torre de Alzapierna, fue encomendado a Pedro de Bivero con sus parientes y amigos, "que son seis homes de acavallo y ocho homes de a pie"; desde allí hasta las inmediaciones de la puerta Cerrada, con el bastión central de la de Guadalajara, fue el propio Concejo el encargado de alejar a los asaltantes, permitiendo abrir la puerta cuando el peligro había pasado; el lienzo sur de la puerta Cerrada y el propio portillo lo defendió Pedro de Luxán con los suyos, "que eran diez hombres de a cauallo y veinticinco de a pie"; la puerta de Moros y el tramo occidental hasta la torre Narigües estuvieron al cuidado de Diego de Vargas "con su gente e parientes", que totalizaban seis caballeros y diez infantes; y el resto de la muralla, hasta el alcázar, quedó en manos de Diego de Luxán y Diego Gómez de Herrera, que dispusieron de "diez homes de a cavallo e diez de a pie". El 15 de septiembre, el montero mayor de Enrique, Diego de Valderrábano, entregó al rey la relación de dichos caballeros y de sus tropas, para que se les librase el sueldo correspondiente a la defensa que habían realizado.

El año de 1466, no obstante, significó un nuevo revés para el gobierno de Enrique. Éste pactó otra vez con los rebeldes, disolvió el ejército real y permitió, con ello, que su autoridad quedase totalmente anulada. Castilla entera se vio hundida en el pillaje y la guerra. De poco servía, pues, que el rey invocase ahora los servicios de la Santa Hermandad (teórica defensora de la paz y tranquilidad en ciudades y campos) que él mismo había creado un año antes en Tordesillas. En octubre de 1466 convocó a Madrid para enviar procuradores a la junta general que aquélla habría de realizar en Santa Olalla, aun a sabiendas del poco resultado que daría.

La más absoluta anarquía lo devoraba todo, y el rey, la reina, la princesa Juana y la infanta Isabel se recluyeron en el alcázar segoviano, incapaces de responder al acoso feroz de los nobles. En 1467, tras luchar contra los insurrectos en Olmedo y recibir el durísimo -y, a la larga, definitivo- golpe de la deserción de su hermanastra la infanta Isabel, pasada ahora al bando sublevado, Enrique decidió abandonar el alcázar segoviano y vino a refugiarse en el de Madrid, "despojado del manto (y) acompañado de solos setenta cavalleros". Estaba moralmente hundido y sopesaba la posibilidad de reunirse de nuevo con los rebeldes en Béjar. Un grupo selecto de caballeros madrileños hizo junta con él en la iglesia de San Ginés y logró disuadirle de permitir esa nueva humillación; los traidores que porfiaron en la necesidad de un nuevo pacto fueron obligados a huir atropelladamente a Illescas, pues los leales al rey no tuvieron reparos en sacar las armas para alejarlos del monarca.

El golpe de gracia lo dieron los sediciosos en 1468: ese año murió el infante don Alfonso y, en su lugar, eligieron a la infanta Isabel como sustituta de Enrique. Aunque en un principio aquélla se negó, en los últimos meses del año la suerte quedaría definitivamente echada. Por lo pronto, el marqués de Villena acabó de convencer al rey de la necesidad de una entrevista con él dentro de Madrid, y, sabedor de la lealtad a Enrique que siempre había mantenido la villa, "por assegurar su persona pidió que esta villa de Madrid, Alcázar y puertas della se pusiessen en poder de D. Alonso de Fonseca Arzobispo de Seuilla para que él la tuuiesse por espacio de seis meses, donde los de vna parte y otra se juntassen a dar medio y forma de paz". Enrique aceptó, entregó las llaves y custodia de la fortaleza y la guarda de Madrid al arzobispo y se reunió con el de Villena: el resultado fue que el monarca, carente ya de todo resto de voluntad y valentía, consintió en conceder a Isabel la sucesión en el trono, como único medio para alcanzar la paz con los insurrectos.

La reina, mientras tanto, se hallaba recluida en la fortaleza de Alaejos bajo la vigilancia del arzobispo de Sevilla; poco tiempo después de salir éste para encargarse de la tenencia de la fortaleza madrileña, la noticia del pacto llegó a sus oidos y Juana, aprovechando un descuido de sus guardianes, escapó una noche con dirección a Buitrago, donde se encontraba su hija la Beltraneja, para hacerla saber que había sido postergada de nuevo en sus legítimos derechos. Concluyen las crónicas que "sabido aquesto por el Arzobispo de Sevilla, ovo tanto sentimiento que dio grand priesa en los tratos (...), e desde allí en adelante (...) fue tan enemigo de la Reyna, que siempre trabajó por destruilla".

Sólo faltaba proceder al juramento de Isabel, pero Enrique, consciente de su villanía y avergonzado por ella, no quiso hacerlo sin antes obtener la comprensión y perdón de su esposa e hija. El encuentro se iba a celebrar en Madrid, pero el problema surgió cuando el marqués de Villena quiso que la villa le entregase de nuevo el alcázar mientras durase la entrevista y que las dos Juanas quedasen bajo su custodia. Naturalmente, la insistencia del de Villena hacía sospechar lo peor: cuando él fuese dueño de la fortaleza no tendría la menor dificultad para vengarse del apoyo madrileño a Enrique, en una situación en la que la villa estaría totalmente desprotegida. El Concejo encargó a Juan Zapata el Arriesgado que tratase de descubrir cuáles eran los verdaderos propósitos del marqués; éste, desde Nieva -18 de marzo-, escribió a Madrid en los siguientes términos: "(...) nos auemos sabido que en los días passados (...) vos facían entender que se entregauan (los alcázares) para enagenar la dicha villa de la Corona Real. E marauillámonos mucho de vosotros dar oídos a tal cosa, sabiendo que essa villa es principal casa e assiento del Rey nuestro señor, y que no es casa para otro alguno sino para su Alteza. E si nos della nos encargamos (...), es para fazer casa e ser aposento de la Reyna (...) e de la señora Princesa su hija, mas no para otro fin (...). Sed ciertos que aunque se nos diera (vuestra villa) e fuera toda ella de oro, no nos metiéramos la mano en ella por lo que conuenía al seruicio del Rey nuestro señor". Aun sin ser una garantía absoluta, Madrid había quedado, al menos, dueña de la palabra del marqués.

Se le entregó la fortaleza, pues, y todo quedó preparado para recibir a la reina y a su hija. Doña Juana, sin embargo, sospechó que iban a ser víctimas de una encerrona y se negó a venir. Enrique, el 25 de agosto, tuvo que escribirles tratando de tranquilizarlas: "(...) por la presente escriptura seguro e prometo (...) que en vuestra partida de Buytrago e venida e estada en la dicha villa de Madrid o en el alcázar o fortaleza della e la tornada (...), vos e las dichas personas (...) non rrescibiredes mal nin daño nin detenimiento (...); e otrosy, que durante el tienpo de vuestra venida e estada e buelta (...), non se jurará a la ynfanta doña Isavel (...) por princesa destos Reynos, nin se fará (...) cosa alguna (...) en perjuizio vuestro e de la princesa mi muy cara e mi muy amada fija". Madrid, por su parte, les mandó otra carta el día siguiente ofreciéndoles protección y amparo. Desconocemos en qué términos se desarrolló la entrevista, pues fue realizada a puerta cerrada. Lo cierto es que, a los pocos días, Enrique ensilló su caballo, organizó con prisas una pequeña comitiva y abandonó el alcázar en dirección a Ávila. Casi simultáneamente salió de allí la infanta Isabel y, al poco, ambos se encontraron en Guisando, en una explanada en la que había cuatro verracos de piedra, el 19 de septiembre de 1468. La hermanastra del rey fue proclamada por éste sucesora suya en el trono de Castilla, ambas comitivas juraron fidelidad a la nueva princesa, y el legado del Papa concedió la dispensa de juramentos anteriores.

En 1470 regresó Enrique a Madrid y, sin la alegría y celebración de anteriores ocasiones, recibió aquí -segunda vez- al conde de Armagnac, que "boluió a Madrid huyendo, a ponerse debaxo del amparo del Rey (...), porque el de Francia le quiso prender, auiéndole tomado su Estado". Una vez que Enrique consiguió del rey francés la promesa de no hacer daño al fugitivo, éste se despidió y encaminó sus pasos hacia su país: "El Conde, fiado (...), partió de Madrid, y en el camino le mataron cruelmente a puñaladas". La conclusión de la última embajada que la villa recibiría durante el reinado de Enrique no podía haber sido más desastrosa.

ENAJENACIONES DE TÉRMINOS:

Durante el reinado de Enrique IV no llegó a producirse ninguna enajenación de términos. Pero sí algo que obtuvo una de las respuestas más contundentes que conocemos del Concejo madrileño. En el verano de 1470 vino a oidos de la villa que varios nobles intentaban convencer al rey de que éste les donase algunos de sus términos; y se llegó a asegurar que ya circulaban cartas de donación perfectamente firmadas y legitimadas. De inmediato, se reunieron el Concejo y los vecinos para que alzar su voz y no permitir el presunto atropello. Juntos todos en la iglesia de San Salvador, hicieron solemne juramento de que "ellos nin alguno dellos (...) non serán nin consentirán en que esta dicha villa nin sus términos e lugares (...) sea enagenado en ninguna persona (...), e trabajarán con todas sus fuerzas por defender lo suso dicho en quantas vías e maneras pudieren; e con mano armada la defenderán, poniendo para ello (...) con todo arrisco e peligro sus propias personas e bienes e faziendas (...). E en el caso que tanta fuerza del Rey o de armas les viniere (...) que lo non puedan rresistir, que ellos e cada vno dellos dejará la dicha villa e se saldrá della e de sus arrauales a beuir e morar commo ommes que desean beuir en libertad".

LOS ÚLTIMOS AÑOS:

Del reinado de Enrique sólo resta narrar el destino que tuvieron él, la reina y la hija de ambos. En 1473 -tras deambular de aquí para allá sin encontrar en ninguna parte reposo-, doña Juana y la Beltraneja volvieron al alcázar madrileño de la mano siempre vigilante del marqués de Villena. Un año después, la pequeña -con doce preciosos años de edad y un buen número de abusos y tropelías cargando sobre sus frágiles hombros- fue trasladada a Escalona; murió más de medio siglo después en un lejano convento de Lisboa. La madre, por su parte, se recluyó en el monasterio madrileño de San Francisco, habitando "vn cuarto que caía sobre la portería vieja del Conuento, teniendo sus ventanas con su enrejado de yeso que caían debaxo del Coro a la Iglesia (...). Vivió en este encerramiento con diferente exemplo que los años atrás, y con grandes muestras de arrepentimiento de lo passado y de verdadera penitencia".

Corrían los últimos meses de 1474, y a Enrique, "estando en el Alcázar (...), le sobreuino vn accidente de cámaras y vómitos con ocasión de las grandes frialdades que auía cobrado andando por el campo los meses de Otubre y Nouiembre; apretóle tanto, que se juzgó ser mortal". Con gran serenidad, el rey confesó, señaló albaceas testamentarios y eligió lugar de entierro; tuvo un breve recuerdo para su esposa -muy próxima en la distancia pero ausente de su lecho- y para su hija -a la que había vuelto a otorgar la sucesión, tarde y mal, hacía cuatro años-, y se dispuso a morir en paz. Al fin, "murió con gran sossiego a las dos de la noche, entrado el día (...) doze de Diziembre (...). Quedó tan deshecho, que no fue necessario embalsamarle; depositáronle (...) en el Conuento de San Gerónimo del Passo (...), donde fueron hechas las obsequias con la grandeza que se requería"; a la vuelta de unos años, fue llevado al monasterio de Guadalupe para descansar definitivamente "debaxo de la sepultura de la Reyna su madre".

Seis meses después (13 de junio de 1475), murió en la soledad y silencio de su retiro monacal la reina doña Juana: "Enterráronla en el mismo Conuento de San Francisco al lado del Euangelio del Altar mayor, donde los Reyes Católicos (...) la hizieron labrar -inútil gesto a la luz de todo lo narrado- vn magnífico y rico Mauseolo de alabastro blanco fino con el bulto de la Reyna labrado". Su largo testamento, en el que puso tupido velo sobre todos los avatares que hasta allí la habían conducido, quedó firmado de su mano con las palabras "La triste Reyna".

Una tras otra, en un año escaso, habían desaparecido dos de las tres personas reales que más cercanas se habían sentido a Madrid; la tercera, la princesa doña Juana, ya no regresaría nunca a la villa. Sin dar tiempo a la nostalgia, la infanta Isabel -que se autoproclamaba reina- exigió a Madrid jurarle fidelidad y abrirle sus puertas de par en par. Madrid quedó entonces dividido en dos bandos: el grueso de la villa, comandada por Pedro de Ayala, Juan Zapata y Diego López Pacheco, marqués de Villena, defendió los derechos de Juana; controlaban el alcázar y el recinto amurallado. Por su parte, Pedro Núñez de Toledo, Pedro Arias de Ávila y Diego Hurtado de Mendoza (cuyo apoyo le valdría después la concesión del ducado del Infantado) enarbolaron el estandarte de Isabel. Los defensores del alcázar levantaron "vna tapia alta y gruessa" y rodearon la fortaleza con una profunda cava. A pesar de ello, los partidarios de Isabel tomaron el arrabal y minaron la puerta de Guadalajara. Pusieron cerco al alcázar durante dos meses, transcurridos los cuales se produjo la rendición de la fortaleza. Isabel, en septiembre de 1476, ordenó desfortalecer las puertas y torres de la villa y nivelar las cavas; no pudo entrar en la villa hasta 1477, dos años después de la muerte de Enrique.

Madrid había quedado arrasado y su vecindario mermado. El propio Concejo, en noviembre de dicho año, habla de "las quemas e derrocamientos que se hizieron en la colación de Sant Miguell de Xagra e en todas las casas cercanas a los dichos alcázares, e (...) los grandes males e rrobos que fueroin fechos en la dicha Villa (...), lo qual todo dio ocasión a que los vezinos de la dicha Villa se saliesen a beuir fuera della asy a los arrauales como a las aldeas e señoríos comarcanos". Se han documentado casas derruidas en las proximidades de la Puerta de la Vega. Fue necesario conceder franquicias y exenciones a los vecinos que vivían dentro de los muros para conseguir que la villa se repoblara.

LA NOBLE Y LEAL VILLA DE MADRID:

El buen entendimiento que alcanzaron Enrique IV y Madrid se tradujo en varias disposiciones del monarca encaminadas a mejorar las condiciones económicas y urbanísticas de la villa madrileña. Así, en octubre de 1463, concedió un mercado franco semanal ("libre e quito de alcaualas e otros tributos"), que se habría de celebrar todos los martes en el Campo del Rey ("la mi plaza questá delante (de) los mis alcázares de la dicha villa"). Y en diciembre de 1466 expidió una cédula real, segunda entrega de otra fechada seis años antes, por la que concedía licencia para ensanchar la plaza de San Salvador, centro neurálgico de la vida económica, política y mercantil del Madrid medieval. Un año antes, 1465, había elevado a trece el número de los regidores madrileños, con lo que el Concejo -casi siglo y cuarto después- volvía a lograr la pujanza y esplendor que había tenido cuando Alfonso XI instituyó el regimiento.

Pero, por encima de ello, creemos que la merced que más enorgulleció a Madrid fue la otorgada el 30 de noviembre de 1465, pues suponía el reconocimiento formal de la lealtad a la corona mostrada por la villa, y habría de convertirse en seña propia de identidad en los siglos venideros: "Don Enrique (...), Rey de Castilla (...), por hazer bien e merced a vos el concejo e justicia, rregidores, caualleros, escuderos, oficiales e ommes buenos de la mi Villa de Madrid, e acatando los muchos e buenos e leales e continuos servicios que me avedes fecho e hazedes de cada día, e queriendo vos rremunerar en alguna parte de aquéllos (...), es mi merced e voluntad e quiero e mando e tengo por bien que de aquí adelante e para siempre jamás vos la dicha Villa ayades y tengades título de nobleza e lealtad e vos nonbredes e yntituledes la noble e leal Villa de Madrid".