PERSONAJES MADRILEÑOS
 

MASLAMA AL-MAYRITI
(Abû-l-Qâsim Maslama ibn Ahmad al-Faradi al-Hasib al-Qurtubi al-Maÿritî)

Maslama al-Mayriti nació en Madrid a mediados del siglo X y murió en Córdoba el año 1007 ó 1008. Fue un eminente polígrafo hispanoárabe, posiblemente el personaje más importante del mundo científico cordobés durante el Califato, y se le llamó justamente "el Euclides de España". Ibn Hazm dijo sobre él lo siguiente: "Carezco de autoridad y conocimientos en lo que se refiere a la aritmética y a la geometría y por tanto no puedo fiarme de mis conocimientos para distinguir qué autores son buenos o mediocres entre los que habitan en nuestra patria. A pesar de ello he oído decir a un sabio de cuya inteligencia y buena fe me fío y al que se le considera muy competente en esta materia que, en cuanto a tablas astronómicas no hay iguales a las de Maslama e Ibn al-Samh y ambos autores son nuestros compatriotas".

EL AMBIENTE CULTURAL DE CÓRDOBA

Siendo joven todavía, Maslama se trasladó a Córdoba, donde fue discípulo del geómetra ‘Abd al-Gâfir ibn Muhammad; allí habría de permanecer ya hasta su muerte. El quehacer científico de Maslama discurrió durante el reinado del califa cordobés Al-Hakam II y coincidió con uno de los momentos de mayor esplendor cultural de la civilización hispano-árabe, con la residencia de Madinat al-Zahara (cuyas academias y sociedades culturales eran frecuentadas por los principales eruditos e investigadores de la Baja Edad Media) convertida en un importantísimo centro del saber mundial. Allí, aparte de los estudios coránicos y teológicos, el conocimiento se organizó en torno a dos grupos fundamentales: el Astronómico-Matemático, cuyo principal exponente fue Maslama, y el Físico-Botánico-Médico, en torno al cordobés Abulcasis, precursor de los no muy posteriores Averroes y Maimónides.

APORTACIONES DE MASLAMA

Destacó en las matemáticas, la astronomía y ciencias afines, y se le considera la mayor autoridad de al-Andalus en ciencias naturales. Escribió obras de matemáticas y astronomía; de matemáticas comerciales, convirtiéndose en una indiscutible autoridad en los pleitos sobre partición de herencias y valoración de terrenos; tradujo y perfeccionó el Astrolabio y el Planisferio de Tolomeo, realizando observaciones astronómicas ya en el año 979; resumió y comentó la obra del matemático oriental al-Khwarizmi, dándola a conocer en el occidente cristiano; añadió nuevas tablas; y convirtió el calendario persa a las fechas árabes empleando la Hégira como punto de partida para el cálculo. Se le atribuye, además, la difusión en al-Andalus de la gigantesca y excepcional enciclopedia islámica "Los Hermanos de la Pureza", obra de la famosa sociedad secreta políticorreligiosa de Basora, y cuyas amplísimas teorías evolutivas tuvieron una influencia decisiva en los siglos X al XII.

Se le conoció popularmente, además, por sus predicciones astrológicas, y fue, de hecho, consejero astrológico de Almanzor, para el cual estudiaba la disposición favorable o no de los astros antes de comenzar una campaña militar.

OBRAS

Casi todas sus obras se conocieron en el mundo cristiano por traducciones al latín, algunas de las cuales fueron impresas en el Renacimiento.

- "Tratado del Astrolabio", que se conserva en la biblioteca del Monasterio de El Escorial y fue traducido en Toledo al latín por Juan Hispalense en el siglo XII. Una de las principales contribuciones científicas de Maslama, presente en este tratado, fue la introducción en al-Andalus del método topográfico árabe de la triangulación, que él incluye entre las aplicaciones del astrolabio, pues éste permite la medición de alturas y distancias empleando triángulos rectángulos. Dicho método tuvo una rápida difusión por el norte de la península, especialmente en Cataluña.

- Editó y corrigió las Tablas Astronómicas de al-Khwarizmi, adaptándolas a la era de la Hégira. Para ello, las ajustó al meridiano de Córdoba, resituando la "Cúpula de Arin", o Centro del Mundo, en la capital del Califato, como referente para todos los cálculos astrológicos. Dicha revisión de las Tablas fue traducida posteriormente por Adelardo de Bath (1126), Hermann el Dálmata y Robert de Chester (éste adaptó en 1149 las tablas de Maslama a las coordenadas de Londres, e intrudujo la palabra latina "sinus" en la trigonometría).

- "Libro de Aritmética Práctica". Es un compendio de transacciones comerciales.

- Intervino, quizá con ayuda de cristianos y judíos, en la traducción del Planisferio de Tolomeo o Tastîh bast al-kura, hoy perdido en su redacción clásica. La versión árabe de Maslama, igualmente perdida, fue el origen de una traducción latina (redactada por Herman Dálmata en 1143) y otra hebraica que sí han llegado hasta nuestros días. La versión latina se editó en 1536 en Basilea y en 1558 en Venecia, conservando ésta las notas de Maslama al texto griego.

- Además de su producción como matemático y astrónomo, Maslama escribió un buen número de libros sobre magia, brujería y alquimia. Consideró que éstas eran resultado de la filosofía y la ciencia y que sin su conocimiento no se podría alcanzar la sabiduría. Utilizó conceptos como influencias astrales, transmutación de metales, elixires, amuletos, y los combinó magistralmente con operaciones experimentales de laboratorio que, por primera vez, se presentaban organizadas formalmente: oxidación del mercurio, copelación del plomo argentífero, etc. Es también sorprendente su extensa y detallada relación de productos como la magnesia, talco, vitriolos, alumbre, mercurio, azufre y muchos otros. Sus principales obras sobre esta materia fueron:

"Rutbat al-hakim" ("La Distinción del Sabio"): Trata acerca de la alquimia, y es comparable a los "Setenta Tratados" de Shabir Ibn Hayyan; entre otras hallazgos, da instrucciones para la purificación de los metales preciosos. Se terminó de recopilar en 1009, dos años después de la muerte de Maslama. En este trabajo se demostró por primera vez el principio de conservación de la masa, aunque fuera atribuido ocho siglos después al francés Lavoisier. También se describe en él, igualmente por primera vez, una sustancia que sería fundamental en el futuro, el óxido de mercurio; Maslama observó al manejarlo una regla química fundamental que no se aplicaría universalmente hasta siglos después, la de la experimentación cuantitativa: "Tomé mercurio natural, libre de impurezas, y lo coloqué en una vasija de vidrio con forma de huevo. Introduje ésta en otra vasija con forma de olla, y coloqué el aparato completo sobre un fuego muy vivo (...). Calenté el aparato día y noche durante cuarenta días, después de lo cual lo abrí. Encontré que el mercurio (cuyo peso original era de un cuarto de libra) se había convertido completamente en un polvo rojo, suave al tacto, con el mismo peso que tenía inicialmente".

"Ghayat al-hakim" ("El Acierto del Sabio"): Trata sobre brujería y talismánica, siendo mencionado con frecuencia por Ibn Jaldun; se tradujo al latín en 1252 con el nombre de "Picatrix", por orden de Alfonso X el Sabio.

- Estudió y escribió notas al Teorema de Menelao, a partir de la traducción al árabe realizada por Zábit ibn Qurra, aunque es posible que sólo utilizara el original griego en los pasajes más difíciles. Dichas notas fueron luego publicadas a partir de su versión latina.

- Escribió tratados de aritmética comercial ("Fi taman ilm al-adad", "Teoría de la perfección de las ciencias numerales", y "al-Mu’amalat", "Cálculo comercial"), utilizando en ellos operaciones algebraicas, aritméticas y geométricas.

DISCÍPULOS

Maslama al-Mayriti ejerció una amplia labor de magisterio científico y tuvo varios discípulos que trabajaron en las matemáticas, la astronomía y otros temas afines; la dispersión geográfica de todos ellos permite suponer que la obra de Maslama fue rápidamente conocida en todo al-Andalus y que ejerció un notable influjo en el desarrollo científico posterior del Califato. La creación por Maslama de una escuela de astrónomos y matemáticos constituida por sus discípulos y los estudiantes, con lo que aquélla conlleva de sistema estructurado en el que se intercambian conocimientos, significa el comienzo de la ciencia como actividad organizada en al-Andalus. Posteriormente, sus seguidores se dispersaron por las capitales de las principales taifas, en las que constituyeron grupos autónomos que, sin embargo, mantenían entre sí relaciones científicas:

- Abu Bakr ibn Bashrun, autor de un tratado de alquimia.
- Abu Muslim Ibn Jaldûn, que trabajó en Sevilla y murió el año 1057.
- Abû-l-Qâsim Asbag: más conocido como Ibn al-Samh, escribió un tratado sobre el astrolabio que contenía ciento treinta capítulos relativos tanto a su construcción como a su uso; escribió además unas "Tablas" según las teorías indias, y el "Libro de las Láminas de los Siete Planetas", que fue traducido al castellano en los "Libros del Saber de Astronomía"; murió el año 1035.
- Abû-l­Qâsim Ahmad, conocido como lbn al-Saffâr.
- Al-Kirmânî, que se instaló en Zaragoza y murió el año 1066.
- Ali ibn Sulayman al-Zahrawî, afincado en Sevilla y fallecido el año 1036.
- Ibn al-Jayyât, astrólogo citado elogiosamente en las Memorias del rey zirí ‘Abd Allàh.

LA ESCUELA MADRILEÑA

Al decir de algunos historiadores (aunque no conocemos ningún documento que lo pruebe), Maslama fundó en Madrid una Escuela de Matemáticas y Astronomía, hacia el año 1004. Es presumible que a su alrededor se aglutinara un grupo científico y cultural de cierta importancia, reflejo del propio esplendor que el Califato tuvo en esa época.


 

JUAN ÁLVAREZ GATO

Juan Álvarez Gato nació en Madrid entre 1440 y 1445, en el seno de una familia judeo-conversa, y murió en el mismo lugar en diciembre de 1509 o primeros días de enero de 1510, siendo enterrado en la iglesia de San Salvador bajo el epitafio «Procuremos buenos fines, / Que las vidas más loadas / Por los cabos son Juzgadas». Fue hijo de Luis Álvarez Gato y Catalina Álvarez Gato, y tuvo por hermanos a Fernán y a Catalina.

Aunque algunos cronistas lo afirman, no pudo (por su corta edad) servir a Juan II; sí lo hizo en la corte de Enrique IV, y fue mayordomo de doña Isabel. Gozó de la protección de fray Hernando de Talavera, arzobispo de Granada, y de algunos conversos notables (Diego, Juan y Pedro Arias Dávila, a quienes sirvió, y Beltrán de la Cueva). Estuvo también vinculado a la corte de los Mendoza de Guadalajara.

Pasó casi toda su vida en Madrid, aunque también se relacionó con la familia toledana de los Álvarez de Toledo -que tenían también casas en la villa, en la colación de Santiago-, con la que acabaría emparentado al casar con Catalina Zapata (no con Aldonza Luzón, como afirman erróneamente algunos cronistas), hija de Fernán Álvarez de Toledo Zapata. No tuvo hijos con ella, y en en 1490 fundó un mayorazgo en cabeza de su sobrino.

Como cristiano nuevo sufrió durante toda su vida la marginación de cristianos y judíos.

CASAS

Las casas principales de Juan Álvarez Gato, según el licenciado Quintana, estaban pared de por medio con la torre de la iglesia de San Salvador: al no conocerse con exactitud la disposición y situación exactas del templo en aquella primera mitad del siglo XV, no podemos saber si esas casas tenían fachada a la calle Mayor -parece lo más probable-, a la de los Señores de Luzón o incluso a la de Santiago. Su ubicación junto a la iglesia viene corroborada por una escritura de 1536, motivada por las obras que en ese momento se realizaban en el edificio del templo, en la que se lee lo siguiente: «Ytem, questa dicha pared a de yr por cordel medio pie más adentro de la pared y casa que fué de Hernán de Alvares Gato, que agora bive el bachiller Santo Domingo, fasta la esquina de la dicha yglesia».

El acta concejil de 2 de enero de 1484 menciona otras casas, bastante cercanas a las principales, que también habrían podido pertenecer al poeta: «Todos los suso dichos señores dixeron que dauan e dieron liçençia a Joan Álvarez (Gato -tachado-), vezino de Madrid, para que pueda abrir e abra vna puerta que tiene señalada, que agora está çerrada, que salle a la plaça de Sant Saluador (...), ques çerca de las carrneçerías de la dicha Villa que agora están fechas en la dicha plaça»; las casas que se aluden estarían situadas, según Montero Vallejo, en la manzana de la actual Casa de la Villa, en la esquina suroeste de la plaza. Sin embargo, el hecho de que el apellido Gato aparezca tachado en el texto manuscrito del acta obliga a tomar con cautela la referencia, pues podría corresponder a otro madrileño también llamado Juan Álvarez.

Hay un tercer lugar en el que pudo tener posesiones nuestro personaje. Se trata de la calle actual de Álvarez Gato -antes, del Gato-, entre las de Cruz y Gorguera. Algún autor afirma que en esa zona pudo tener casas y terrenos el mudéjar Yusuf Mellado, que habrían pasado a manos de Juan después de que aquél quedara desposeído de sus bienes por haber apoyado a Juana la Beltraneja tras la muerte de Enrique IV.


Fragmento del cancionero de Juan Álvarez Gato
(RAH, Ms 9/5535 f.18r)

EL POETA

Juan Álvarez Gato se mostró como el interlocutor más valioso en Madrid de la corte de Enrique IV, que desarrolló una actividad lúdica y literaria de primer orden; fue el poeta madrileño más importante de toda la Edad Media. Gómez Manrique dijo de él que «fablaba perlas y plata».

Su obra poética se encuadra dentro del arte menor y la lírica cancioneril, y muestra influencias de Hernando de Talavera, Gómez Manrique y Hernando del Pulgar. Está formada por 104 composiciones: las primeras tienen por tema el amor profano y las restantes son piezas devotas, y con frecuencia incorporan coplas y estribillos populares. En palabras de Gil González Dávila, «en su primera edad escriuió muchas cosas en verso Castellano a lo humano; y en los postreros años de su vida muchas a lo diuino». Su obra está reunida en su propio Cancionero y en el Cancionero general de Hernando del Castillo, que incluye algunos poemas suyos. Escribió además doce cartas en prosa de tono ascético y se le atribuye la Breve suma de la santa vida del reverendísimo e bienaventurado don Fray Fernando de Talavera, arzobispo de Granada.

Según Marcelino Menéndez Pelayo, "elevó la sátira a la dignidad de función social"; introdujo en las composiciones amorosas rasgos humorísticos que le dan personalidad propia, usando a veces un tono burlesco recuerda a Quevedo. Su obra poética se canaliza en tres direcciones: poesías amorosas, que ocupan la mayor parte de su producción y son las más logradas, poesías político-morales y poesías religiosas; estas últimas presentan su contribución más importante y original, ya que glosa letras y cantares populares volviéndolos "a lo divino", sirviéndose de los temas, imágenes y formas de la poesía del amor profano. De esta forma, abrió en España el camino del "contrafractum", poema de contenido profano elaborado religiosamente, que se hallaba muy arraigado en Europa.

Su poesía doctrinal rechaza la nobleza de estirpe frente a la derivada de las virtudes morales.


 

JUANA DE CASTILLA (LA BELTRANEJA)

Juana de Castilla, hija de Enrique IV y su segunda esposa Juana de Portugal, nació en Madrid entre mediados de enero y finales de febrero de 1462, en acto público y solemne: «los Grandes de Castilla (…) tuuieron por sospechosa la preñez de la Reyna (…), y para salir de estas sospechas juntáronse en Palacio, y puestos por orden en la pieça de la Reyna (…): de la vna parte el Rey, el Marqués de Villena, el Comendador Gonçalo de Saabedra, y Aluar Gómez Secretario; y de la otra el Arçobispo de Toledo, el Comendador Iuan Fernández Galindo, y el Licenciado de la Cadena, de suerte que la Reyna vino a estar en medio de todos. Tuuo en alguna manera recio parto, y dél vna hija, por cuyo nacimiento se hizieron muchas alegrías, y fiestas, juegos de cañas y toros en la Corte». Fue madrina su tía la infanta doña Isabel, hermana de Enrique.

El 9 de mayo, en las Cortes celebradas también en Madrid, el rey la declaró sucesora, ya que «non aviendo fijo varón es heredera e subcesora la fija legitima primogénita». Durante los dos años siguientes nadie discutió su legitimidad.

LA REVOLUCIÓN NOBILIARIA (1464-1474)

Fue en 1464 cuando comenzaron las campañas difamatorias en torno a los monarcas, intentando con ello privar a Juana de sus derechos al trono y cambiar la línea sucesoria en favor de Alfonso e Isabel, hermanastros del rey: se alegó impotencia de Enrique (probablemente cierta, pero parcial) y homosexualidad (actualmente descartada), ilegitimidad de Juana por infidelidad de la reina (se la supuso hija de Beltrán de la Cueva, de lo cual no hay prueba fehaciente alguna), y nulidad del matrimonio entre Enrique y Juana (que dispusieron para el enlace de la dispensa papal de Nicolás V).

Superado por las revueltas nobiliarias, Enrique despojó por dos veces a su hija de su derecho a la sucesión: en 1464, a favor de su hermanastro Alfonso, y en 1468 a favor de la infanta Isabel. En 1470, sin embargo, reconoce de nuevo como heredera del reino a doña Juana. El rey muere en Madrid en 1474 y se abre un periodo de guerra civil entre los partidarios de Juana y los de Isabel.

REHENES DE LOS NOBLES

Durante casi ocho años, la reina doña Juana y su hija tuvieron que vivir como rehenes -juntas o separadas- en casas de familias poderosas. La princesa estuvo en el castillo de Buitrago a cargo de los Mendoza entre 1467 y 1470, y de allí pasó al castillo de Escalona y al de Madrid bajo la custodia de los Pacheco, que duraría hasta 1475. Su madre la reina murió ese mismo año en el monasterio madrileño de San Francisco.

GUERRA DE SUCESIÓN (1475-79)

Un solo día después de la muerte de Enrique, Isabel se proclama reina en Segovia. La Corona de Aragón y buena parte de la nobleza castellana la apoyan, mientras que a favor de Juana se alinean Portugal, Francia y el resto de la alta nobleza. Se entabla, así, una guerra civil de proporciones peninsulares y europeas.

En mayo de 1475 el ejército portugués llega hasta Plasencia, donde la princesa doña Juana y Alfonso V de Portugal contraen matrimonio y son proclamados reyes de Castilla. Así, Juana, que a partir de ese momento seguirá a su esposo en la retaguardia del ejército, pasa a ser reina consorte de Portugal e intitularse «reina de Castilla, de León y de Portugal». En un intento inútil de evitar la guerra, deja la decisión final de la sucesión en manos del reino: «Luego por los tres estados de estos dichos mis reinos, e por personas escogidas dellos de buena fama e conciencia (…), se vea, libre e determine (…) a quien estos dichos mis reinos pertenecen».

El Tratado de Alcaçovas, firmado en 1479, pone fin a la guerra: Alfonso renuncia a la corona de Castilla y los Reyes Católicos a la de Portugal. Tras la derrota, Juana se ve despojada por tercera vez de su derecho al trono, pues los portugueses se niegan a reconocerla como reina. En 1481 muere Alfonso V y le sucede su hijo Juan II, primo de Juana.


Retrato coetáneo de la princesa doña Juana, con el título de A Excelente Freira, la excelente monja (British Library, Ms. 12531)


Monasterio de Santa Clara la Velha de Coimbra, a orillas del río Mondego. Aquí profesó doña Juana y vivió parte de su exilio

EL EXILIO EN PORTUGAL

Por el tratado de las Tercerías de Moura, Juana se vio obligada a profesar como monja de clausura, renunciando a los títulos de reina, princesa e infanta, y retirándose de inmediato al convento de Santa Clara de Santarem. Unos meses después lo abandonó, huyendo de la peste, y se trasladó al de Coimbra. Tenía diecisiete años de edad. En 1480, diez días después de haber cumplido el año de noviciado, tomó los hábitos.

En 1495 se afincó en Lisboa, en el castillo de San Jorge y el palacio de Costa. En esta segunda etapa de su exilio pasó de ser la Excelente Monja a convertirse en la Excelente Señora: vivió bajo la protección de la corte, libre de la clausura y del retiro conventual, práctica que provocó repetidas quejas de Isabel de Castilla. Murió el 28 de julio de 1530, habiendo sobrevivido a todos sus coetáneos, y fue enterrada en la sala capitular del monasterio de Santa Clara de Lisboa. Sus restos mortales desaparecieron en el terremoto de Lisboa de 1755.

Juana, que nunca había dejado de considerarse reina legítima de Castilla, firmó siempre como «Yo, la Reina»; para la Corte portuguesa fue «la Excelente Señora»; y para su tía Isabel de Castilla, que le arrebató la corona, no había pasado de ser «la muchacha».


 

MARÍA DE LAGO

María de Lago, a quien la tradición señala como defensora del alcázar madrileño durante el movimiento comunero, es parte ya de la leyenda de Madrid, pero su participación real en aquella contienda fue seguramente menor de la que se le atribuye.

Tras el establecimiento de la Corte en Madrid, los primeros cronistas se afanaron en dar lustre artificioso a la historia de la villa (inventando orígenes fabulosos, por ejemplo), así como en silenciar episodios que pudieran supuestamente poner en entredicho la fidelidad madrileña a la Corona. Uno de éstos, relativamente reciente, era el de la revolución comunera, verdadera guerra civil que al nacer la tercera década del siglo XVI enfrentó a las ciudades castellanas contra los gobernadores puestos por Carlos I, ausente en Flandes.

Con esta intención, las crónicas minimizaron la participación madrileña en la sublevación, relegaron al olvido a los principales personajes favorables a la Comunidad y ensalzaron (sin ningún rigor histórico) la figura de otros que habían militado en el bando del emperador.
De este modo, la persona de María de Lago se convirtió en símbolo de una supuesta resistencia heroica madrileña ante el cruento asedio comunero (que no fue tal: el alcázar se rindió, casi con seguridad, por simple falta de víveres). Ante la imposibilidad de ensalzar al marido (ausente todo el tiempo; muy crítico con la política de don Carlos, además, e indeciso sobre qué postura personal debería tomar en el conflicto), se puso artificiosamente en el pedestal a la esposa.

Fue fray Prudencio de Sandoval, en 1614, el primero que sacó a relucir la figura de María (en una versión de la contienda, por otro lado, tendenciosa y falta de precisión histórica); luego, los demás cronistas copiaron y aderezaron sus palabras:

“Determinaron minar el alcázar por cuatro partes (...); minaban de noche con antepechos y mantas, lo más a salvo que podían, poniendo encima de ellas los hijos y parientes de los que dentro estaban, porque por no matarlos no tirasen a los que debajo de las mantas iban. Pero con todo eso, la mujer del alcaide, que dentro estaba, se daba tan buena maña en ayudar y aun en animar que peleasen, que no hacía falta su marido; de tal suerte, que ella era el amparo y defensa de la fortaleza.
Los de la Villa les enviaron a requerir que se diesen, si no que no entraría ni saldría hombre que no fuere muerto o preso. Ella respondió que en balde trabajaban, que no pensasen que por estar el alcaide ausente ella ni los demás habían de hacer cosa fea ni es deservicio del Rey; que todos estaban determinados antes morir defendiéndose que cometer semejante traición; que donde ella estaba no había de hacer falta el alcaide su marido. Como la Comunidad oyó esto, alteróse grandemente y dijo a voces: «¡Mueran y muramos todos!»”.

Ateniéndonos a la verdad de los hechos, lo cierto es lo siguiente:

María de Lago (hija de Juan de Lago y Catalina de Coalla) fue esposa de Francisco de Vargas Vivero, alcaide del alcázar durante la revuelta y sobrino del famoso licenciado Vargas; tuvieron por hijo primogénito a Diego de Vargas, paje de Carlos I y corregidor de Valladolid. Ausente de Madrid el alcaide desde marzo de 1520 (pues marchó como procurador de la villa a las Cortes de Santiago-La Coruña) hasta mayo de 1521, la guarda y custodia del alcázar madrileño quedó en manos del teniente de alcaide, Pedro de Toledo.

María, como esposa del alcaide, residía dentro de la fortaleza junto a varios parientes, y allí sufrió el cerco de los amotinados, pero su protagonismo sólo ha quedado documentado fehacientemente en dos ocasiones: la primera, con motivo de la carta que recibió de su esposo en julio de 1520 (con la villa madrileña ya sublevada), en la que presumiblemente el alcaide le pediría noticias acerca de la situación por la que atravesaba Madrid; y la segunda, en agosto del mismo año, al estipularse en el acta de capitulación de la fortaleza “...que la señora Doña María, muger del señor Francisco de Vargas, e sus hijos y los señores licenciado Diego de Vargas y Grauiel de Bivero, sus hermanos, en la salida e en todas las otras cosas sean tratados como quien ellos son, syn que ninguno se atreva a dezir ninguna descortesía, y que sy alguno lo contrario hiziere, sea del alcalde e Comunidad gravemente castigado”.

Esto (sólo esto) es todo lo que se sabe acerca de su participación en el movimiento comunero. Por otro lado, nada hace dudar del comportamiento honroso del teniente de alcaide Pedro de Toledo, que fue quien tuvo la responsabilidad directa de la defensa del alcázar, y la asumió sin más limitación que la falta de recursos: en su favor obra el dato comprobado de que nunca llegó a recibir la ayuda militar que le había sido prometida.

Sería difícil de aceptar, por último, que la tenencia del alcázar durante la contienda pudiera haber recaído en María por el simple hecho de ser esposa del alcaide ausente. No hay que olvidar que las alcaidías de fortalezas eran oficios militares de designación real, y su transmisión cuando faltaba el alcaide sólo podía seguir los rígidos cauces reglamentarios.