EL ALCÁZAR MEDIEVAL


EL CASTILLO MUSULMÁN

No existe dato alguno acerca del primitivo alcázar musulmán -de cuya existencia llegan a dudar algunos-, y en las fuentes documentales árabes, todas ellas tardías, sólo aparece citado, sin más detalles, el castillo de Madrid que fundó Muhammad I sobre el cerro de la Almudena. Hasta mediados del siglo XX, todos los cronistas madrileños afirmaron que esa primera fortaleza islámica estuvo situada en el mismo enclave que el posterior alcázar cristiano, del cual habría sido germen. En la actualidad, sin embargo, va ganando adeptos la opinión de que dicho alcázar musulmán pudiera haber estado emplazado en lugar distinto al del castellano posterior, siendo éste, por tanto, una construcción de planta totalmente nueva.

Urgorri Casado (1954), Valdés Fernández (1992) y Fernández Ugalde (1996) han planteado la posibilidad de que el castillo islámico se encontrara en el interior de la propia ciudadela fortificada. Esta hipótesis es la que nos parece más probable, y creemos que es a esa antigua fortaleza a la que se refería el cronista Quintana al asegurar que «Auía vn Castillo muy fuerte, que por serlo tanto, le llamauan fortaleza, y por otro nombre la Torre Narigues del Pozacho, por estar en forma de nariz, y junto a las aguas del Pozacho (...), donde auía vn Castellano y gente de guarnición, el qual estaua enfrente del Alcázar junto a la Puerta de la vega a la parte del muro donde arriman las casas del Marqués de Pobar, que son casi frontero de la Iglesia Mayor de Santa María».


Ubicación hipotética del castillo musulmán en el flanco
meridional del recinto emiral (vista aérea desde el suroeste)

Así, el primitivo castillo árabe podría haber estado adosado a la muralla emiral, intramuros, limitando por el oeste con el arroyo de Tenerías, llegando por el este hasta el futuro torreón de los Vozmediano que aparece en el croquis de Villarreal o hasta la propia muralla, y alcanzando por el norte las inmediaciones de la iglesia (entonces mezquita) de Santa María. Esta fortaleza primitiva se habría mantenido en pie y cumpliendo con su función militar durante las primeras décadas de presencia cristiana, en tanto se terminaba de construir la nueva fortaleza. Al sur habría existido un antemuro que protegía el flanco meridional de la fortaleza y permitía la vigilancia cercana del arroyo de San Pedro. La torre Narigues, lugar privilegiado de vigilancia a la entrada del vallejo, habría estado situada en la esquina occidental de este antemuro y sería uno de los elementos característicos de la fortificación. El apelativo Narigues, si efectivamente deriva de su «forma de nariz» como afirma Quintana, podría muy bien ser consecuencia de la planta aproximadamente pentagonal del castillo o de la probable forma irregular de la propia torre, con un ángulo agudo en la esquina de unión de los dos paños de la barbacana. Es muy probable que la posterior muralla cristiana se trazara pasando por ella para aprovecharla como baluarte. Por tal razón pervivió mucho más tiempo que el resto de la fortaleza y asumió el recuerdo de ésta en los siglos siguientes.


 

EL ALCÁZAR CRISTIANO PRIMITIVO

Cuando Madrid pasó a manos cristianas tras la capitulación pacífica de 1085, una de las primeras tareas que se emprendió fue la de ampliar el perímetro amurallado y construir una nueva fortaleza, obra que se realizó a lo largo de la última década del siglo XI y las primeras del XII. El viejo castillo islámico, si es que estuvo donde sugerimos, había perdido ya buena parte de su utilidad tras quedar rodeado por el caserío creciente. Hacía falta, pues, encontrar un lugar amplio y despejado que permitiera futuras ampliaciones y que mantuviera una prudente distancia con los barrios ya habitados. El sitio idóneo era la todavía despoblada colina del Alcázar, que además tenía sus flancos norte y oeste bien cubiertos por los escarpes del cerro, y el oriental protegido por el foso natural de un arroyo que desaguaba en el del Arenal.

Este nuevo alcázar era una pequeña fortaleza de forma trapezoidal. En su flanco meridional (por el que se accedía al interior) se alzaban dos torreones rectangulares predecesores de las futuras torres del Homenaje y del Bastimento, además de un cubo semicircular situado en el lienzo contiguo a la esquina suroeste. El flanco occidental, sobre la vega del Manzanares, tenía una longitud de setenta metros y contaba con dos cubos centrales y otros dos esquineros, algo mayores éstos que aquéllos. El lado septentrional sería el más corto, poco más de cincuenta metros, y pudo haber carecido de torres o cubos. Y el oriental discurriría de forma oblicua, quedando defendido por dos cubos semicirculares. Las dependencias interiores estuvieron adosadas a los lados occidental y septentrional de la construcción, manteniéndose el resto del espacio interior como patio de armas.

ALCÁZAR PRIMITIVO

ALCÁZAR TRASTÁMARA

ALCÁZAR DE CARLOS I

a: Arroyo
b: Iglesia de S. Miguel de Sagra
c: Puerta de Sagra
d: Puente
e: Foso y barbacana
f: Antemuro
1: Patio de armas
2: Torre de acceso
3: Cuadra Rica / Sala Grande
4: Capilla
5: Torre del Homenaje
6: Torre del Bastimento
7: Patio del Rey
8: Patio de la Reina
9: Mirador
10: Galería volada
11: Paredón del Juego de Pelota
12: Corredor del Jardín / Galería del Cierzo
13: Escalera exenta
14: Torre de la Reina / Bahona


 

EL ALCÁZAR DE LOS TRASTÁMARA

Durante las últimas décadas del siglo XIV y primeras del XV se realizaron importantes reformas en el primitivo alcázar cristiano, coincidentes en el tiempo con los sucesivos reinados de los reyes castellanos de la casa Trastámara. El viejo castillo, concebido exclusivamente como baluarte militar y que había mantenido invariable su configuración primitiva durante casi tres siglos, adquirió gracias a dichas reformas las condiciones mínimas necesarias para servir de digno alojamiento a la realeza y a los nobles. El resultado final de la renovación fue, a grandes rasgos, el mismo que Vermeyen dibujó en 1534.

LAS TORRES DEL HOMENAJE Y DEL BASTIMENTO

Estos dos imponentes torreones se construyeron durante el reinado de Enrique III (1390-1406), y se obtuvieron recreciendo (tanto en planta como en altura) las dos torres prismáticas que defendían el lienzo meridional del castillo primitivo. A ellas se refería Quintana cuando, refiriéndose al tercer Enrique, escribía que «sin agrauiar al común, juntó grandes riquezas, para cuya guarda edificó en el Alcázar de Madrid nueuas torres, que fueron las que duraron hasta que en nuestros tiempos las renouaron de cantería por la parte de afuera, y son tan fuertes que cabe en el gruesso de las paredes vn gran carro con sus mulas».

ESTANCIAS INTERIORES

El interior del alcázar se reformó durante el reinado del siguiente monarca, Juan II (1406-1454). Se construyó la cuadra Rica (mencionada ya por Quintana refiriéndose al año 1422), futura sala de los Habsburgo, que ocupaba todo el ala norte del alcázar, con algo más de veintidós metros de longitud, pavimento de ladrillos y techumbre de par y nudillo. Fue en ella donde Juan II recibió en 1434 a los embajadores del rey de Francia: la sala «estaua entoldada de vna rica tapicería, y el Rey en vn trono alto cubierto de vn paño de brocado carmesí, sentado en vna silla guarnecida de oro, debaxo de vn dosel de lo mismo, y a sus pies vn león muy grande con vn collar de brocado».

También se construyó en estos años la capilla, que ocupaba la crujía oriental del alcázar y medía 19,50 por 7,80 metros; fue consagrada el 28 de febrero de 1434 por Gonzalo de Celada, obispo de Calcedonia. En ella, un arco toral separaba el presbiterio (al norte, con cúpula de racimos de mocárabes sostenida por trompas) del coro (al sur, con techo de lacería y tirantes).

EL FOSO Y LA BARBACANA

En paralelo a los flancos meridional, oriental y septentrional de la fortaleza, hacia el exterior, se construyó a mediados del siglo XV una barbacana o antemuro, reforzada al sur por un foso defensivo excavado que era continuación artificial del arroyo situado al este; dicho foso surcaba todo el cerro del alcázar y sólo podía cruzarse a través de un puente situado a la derecha del viejo templo de San Miguel de Sagra, que ahora quedaba encajonado entre el alcázar y el antemuro. Estos tres nuevos elementos del complejo militar, barbacana, foso y puente, son perfectamente visibles en el dibujo de Vermeyen.

La fecha de construcción de esta cava queda documentada en las palabras escritas el 16 de mayo de 1469 por Enrique IV, último monarca Trastámara: «Yo el Rey fago saber (...) que yo entendiendo ser conplidero a mi seruiçio e a la buena guarda de mi thesoro yo mandé hazer vna caua en los mis alcáçares de la noble y leal villa de Madrid y porque mejor se pudiese fazer fue neçesario meter dentro della la yglesia de San Miguel de Sagra que es çerca de los dichos alcáçares y fazer la dicha cava por el çiminterio de la dicha yglesia».


 

EL ALCÁZAR DE CARLOS I

La última gran renovación que habría de transformar de forma ya definitiva la fortaleza medieval en residencia regia comenzó en 1536, a instancias de Carlos I y siguiendo el proyecto de Alonso de Covarrubias. Este propio arquitecto en su planta y el flamenco Wyngaerde en sus panorámicas nos han dejado testimonio, respectivamente, de la traza original y del resultado final de la enorme reforma y ampliación que emprendió Carlos.

La principal modificación en planta fue la construcción de un nuevo patio a la derecha del antiguo de armas: en lo futuro, éste sería conocido como patio del Rey y aquél como patio de la Reina; ambos quedaron rodeados por galerías porticadas de doble altura.

En el interior se renovó por completo la capilla, así como la sala Grande, antigua cuadra Rica de los Trastámara, a la que se añadió una antecámara para el dosel y una chimenea en el testero. En las bóvedas inferiores de la crujía oriental del patio de la Reina, aprovechando el acusado desnivel sobre el que hubo que asentar aquella parte del edificio, se instalaron las nuevas cocinas.

En el exterior se construyeron dos galerías adosadas a la fachada, partiendo ambas del cubo noroccidental del alcázar trastámara: la primera, el corredor del Jardín (luego galería del Cierzo), era una arquería exterior de dos alturas que protegía la fachada norte del edificio. La segunda fue una galería volada adosada a la fachada occidental, apoyada en una estructura de madera empotrada en la muralla y protegida con vidrieras y tejado de hojalata; más adelante daría lugar a los denominados corredorcillos.

En la fachada sur se reformó el cubo semicilíndrico que había a la izquierda de la torre del Homenaje, convirtiéndolo en mirador de planta rectangular y estructura de dos pisos; con posterioridad, sus vanos se cegaron con ventanas, vidrieras y muros de ladrillo, transformándose, así, en la estufa sobre la que luego se levantaría, durante el reinado de Felipe II, la torre Dorada. También se realizó una nueva portada entre las torres del Homenaje y del Bastimento. El resto de esta fachada hasta la esquina sureste y toda la fachada oriental se construyeron de nueva planta.

En la esquina noreste del nuevo edificio, se aprovechó el antiguo torreón que enlazaba dicha barbacana con el recinto norte ampliado para levantar la enorme e irregular torre de la Reina o Bahona, que fue uno de los elementos del nuevo alcázar que más tiempo tardó en terminarse: en el dibujo de detalle de Wyngaerde (1568), e incluso en el posterior de L’Hermite (1596), aparece todavía inacabada, con poleas, garruchas y obreros trabajando en el último forjado.

En enero de 1548 se concedió licencia papal para derribar el vetusto templo de San Miguel de Sagra, imposible ya de mantener en su conflictiva ubicación: se optó por trasladarlo más hacia el este, donde no supusiera un estorbo para la amplia plaza delantera del alcázar; la nueva iglesia, ahora ya con la advocación de San Gil, quedó terminada en junio de 1549.