COLACIONES


En el Madrid medieval, al igual que ocurría en las demás ciudades y villas, las unidades básicas en torno a las cuales se desarrollaba la vida pública y se articulaba la representación popular de los moradores eran las colaciones, entidades jurídicas cuyo origen estaba en los barrios, agrupaciones de vecinos asentados en un área concreta del recinto urbano y unidos entre sí por intereses comunes sociales, religiosos y económicos.

Tras la capitulación de Madrid en el año 1085, la población autóctona cristiana y musulmana que continuó residiendo en la villa pobló los barrios ya existentes en época islámica: sin ninguna duda, el espacio interior de la Almudena, y, con más reservas, zonas de extensión indeterminada al este de dicho recinto amurallado y al sur del barranco de San Pedro, que probablemente habían constituido los dos arrabales (musulmán y mozárabe, respectivamente) del Mayrit islámico.

Posteriormente, los contingentes de repobladores que vinieron a engrosar el vecindario madrileño fueron estableciéndose por nacionalidades (aunque de forma espontánea y sin responder a ningún intento ordenador previo) en barrios propios en buena medida independientes del resto, dentro de los cuales se creaban fuertes lazos de solidaridad derivados de la procedencia, costumbres y forma de vida comunes a todos sus miembros, lazos que llegaban a ser superiores incluso a los que unían entre sí al conjunto de los pobladores de Madrid en razón a su vecindad compartida en una misma villa. De esta manera, surgieron asentamientos estables de repobladores de origen franco al norte del arroyo del Arenal (en vicus con fuero propio) y en el arranque del camino a Guadalajara (San Nicolás), así como de gentes castellanas en una zona intermedia entre aquellos dos (Santiago).

Simultáneamente a la creación de los barrios, o poco tiempo después, se levanta en cada uno de ellos una iglesia, que se convierte en seña de identidad y centro espiritual del grupo y a la que se otorga una advocación de raigambre en la nación de procedencia de sus miembros.

En la última fase del proceso, la necesidad de una organización estable que asegure una participación ordenada de los habitantes en el gobierno municipal convierte a esos barrios aglutinados en torno a la iglesia en colaciones, entidades con naturaleza ya jurídica que actuarán como distritos municipales a efectos administrativos y como unidades impositivas a efectos fiscales. A través de estas colaciones se organizará también el reclutamiento y movilización militar y, sobre todo, la participación popular en el gobierno, pues los oficios locales del Concejo quedan atribuidos a cada colación y es ésta, dentro de su ámbito, quien elige (el 29 de septiembre, día de San Miguel) a las personas que habrán de desempeñarlos.

En el Fuero madrileño de 1202, con motivo de la designación de los cincuenta y un jueces que habrían de administrar justicia en la villa, quedaron consignadas las que fueron primeras diez colaciones de Madrid, situadas todas ellas en el interior del recinto amurallado cristiano del siglo XII. Posteriormente, esta lista de colaciones quedó engrosada con la incorporación de otras tres situadas extramuros, en el arrabal, que ocupaban el terreno que habría de quedar limitado por la cerca de comienzos del siglo XV.

Itinerario de la muralla del arrabal
Extensión aproximada de las colaciones durante la segunda mitad del siglo XV
(con línea continua: colaciones de la villa; con línea discontinua: colaciones de los arrabales):
1: Santa María. 2: San Andrés. 3: San Pedro. 4: San Justo. 5: San Salvador.
6: San Miguel de los Octoes. 7: Santiago. 8: San Juan. 9: San Nicolás.
10: San Miguel de Sagra. 11: San Ginés. 12: San Martín. 13: Santa Cruz.


 

LAS PRIMERAS COLACIONES

La colación más antigua fue, con toda probabilidad, la de Santa María, con población originariamente mozárabe y cuyos límites físicos seguramente rebasaban los propios de la Almudena islámica. La advocación mariana a la que se acogió su parroquia era la de mayor raigambre en la comarca toledana. En documentos de 1201 todavía se le denominaba «barrio de sancta María».

También de origen mozárabe, la colación de San Andrés fue –con la de San Pedro- la más poblada de estas primeras colaciones. Su gran extensión territorial y la ausencia de barreras físicas determinantes la permitieron disponer de una estructura urbana que se adaptaba muy bien al esquema organizativo típico de estos barrios medievales: iglesia situada en lugar dominante, con amplia plaza aneja (la actual de la Paja), y estructura viaria radial, desarrollada en este caso a partir de la puerta de acceso (puerta de Moros) y el espacio abierto contiguo del cementerio parroquial, con calles en tridente hacia el este (Almendro, que se internaba en terreno perteneciente a la vecina colación de San Pedro), el norte (costanillas de San Pedro y San Andrés) y el oeste (Mancebos). La morería vieja quedaba incluida dentro de los límites de esta colación.

La colación contigua de San Pedro hubo de tener origen mozárabe como las anteriores, aunque quizá compartido con gentes llegadas de fuera de Madrid. Su trazado urbano heredó esquemas islámicos propios de una ocupación al menos parcial anterior a la capitulación. A partir de mediados del siglo XIV fueron varias las familias notables que construyeron sus casas principales en esta colación.

La de San Justo fue la colación inicialmente más pequeña del Madrid medieval, aunque a partir del siglo XVI se extendió más allá del recinto murado, tomando terrenos al comienzo del camino a Toledo; en las primeras décadas del siglo XVI era la colación con mayor número de vecinos, por detrás sólo de las tres grandes colaciones del arrabal. En sus inicios fue poblada mayoritariamente por mozárabes, como las anteriores.

De origen también mozárabe fue la colación de San Miguel de los Octoes, cuya proximidad al importantísimo foco comercial de la puerta de Guadalajara permitió que a principios del siglo XVI llegara a alcanzar una notable pujanza y una densa población.

La pequeña colación de San Juan, muy constreñida en su desarrollo por quedar encajonada entre las de San Miguel de Sagra, San Nicolás y Santiago, completa la nómina de colaciones madrileñas de población mozárabe.

El origen de la colación de San Salvador es dudoso, aunque la afirmación de Quintana de que hubiera estado dedicada inicialmente a Santa María Magdalena apoyaría un origen franco del barrio. Fue una colación muy extensa, llegando a alcanzar por el sur el fondo del barranco de San Pedro, aunque el número de sus pobladores siempre fue relativamente reducido.

La de San Nicolás sí parece con cierta seguridad colación de origen franco, y pudo formarse al tiempo que el vicus francorum, con la parte de los repobladores de esa nacionalidad que no se establecieron en San Martín.

La colación de Santiago, por su parte, surgió en el siglo XII como consecuencia de una última ola de repobladores castellanos procedentes de los valles del Carrión y del Pisuerga. Su consolidación debió ser muy rápida, pues a comienzos del XIII parece que era la más poblada, a tenor del número de jueces que se le asignan en el Fuero.

Sobre la colación de San Miguel de Sagra hay muy pocos datos, y suele suponerse que estuvo muy vinculada a los componentes de la guarnición del propio alcázar, a quienes prestaba los servicios religiosos. Aunque el templo duró en pie hasta la década de 1540, su feligresía civil pudo haber desaparecido a principios del siglo XVI, pues ya no figura como tal colación en un documento de 1520.


 

LAS COLACIONES DE LOS ARRABALES

El origen de la colación de San Martín está en el vicus que se fundó a finales del siglo XI (aunque el primer documento conservado es de 1118) al norte del arroyo del Arenal, con población de origen franco y total independencia jurídica y física con respecto a la villa. El núcleo inicial lo formaba el propio templo y un reducido caserío anejo, sobre lo que hoy es plaza de las Descalzas, y no alcanzó plena consolidación urbana hasta las últimas décadas del siglo XV. Su población era mayoritariamente artesanal: traperos, zapateros, roperos de viejo y nuevo. En documento de 1242 ya figura como colación de la villa, por lo que hubo de perder su calidad de burgo independiente en algún momento indeterminado entre 1202 y dicha fecha.

Esta colación incluyó dentro de sus límites el denominado arrabal de Santo Domingo, formado en torno al monasterio que se fundó hacia 1218 y que pocas décadas después aparecía ya perfectamente consolidado.

Se cree que la colación de San Ginés surgió como consecuencia de las duras condiciones que el fuero de San Martín imponía a los moradores del vicus s. Martini, razón por la cual muchos de ellos habrían decidido pasarse a la vertiente sur del arroyo del Arenal, entre éste y el camino a Guadalajara, para fundar allí un pequeño asentamiento de caserío disperso que quizá adquirió el carácter de colación ya a finales del siglo XIII. La colación no perdió su carácter fuertemente rural, con un tejido urbano diseminado y adaptado con dificultad a las barranqueras que jalonaban el cauce del arroyo, hasta el siglo XIV. A mediados del siglo siguiente su caserío ya marcaba con claridad el trazado de la que sería futura calle Mayor. Los pobladores de esta colación fueron en su mayoría artesanos, y abundaron en ella los establecimientos dedicados a la metalurgia, el cuero y los tejidos, así como los mesones. De hecho, la toponimia del barrio recuerda con precisión esa orientación artesanal que siempre tuvo el barrio: calles de Tintoreros (actualmente, Escalinata), de la Ferrería (Hileras), de Bordadores y de Coloreros, y plaza de Herradores.

La más tardía de las tres colaciones del arrabal fue la de Santa Cruz, surgida probablemente en el siglo XIV a partir de un pequeño núcleo inicial que sólo incluía el templo y un minúsculo caserío situado al comienzo del camino a Atocha y que quedaba separado de la villa por la laguna del Arrabal. En el siglo XV experimentó un rápido y espectacular crecimiento, y en las primeras décadas del XVI era ya la colación más poblada de Madrid, con mucha diferencia respecto a las otras.